viernes, 23 de abril de 2021

La profe Luciana (Capítulo XIII)

 La profe Luciana


Capítulo XIII: Expediciones moteleras



Esa noche fue la primera vez en que Adriana me hizo saber de sus sospechas hacia mí, fue la primera vez que me sometió a un interrogatorio evidenciando su plena desconfianza.

El camino a casa estuvo pasado por el silencio. Yo conduje el coche, mientras que ella permaneció callada durante todo el trayecto, sus manos entrecruzadas permanecieron sobre sus piernas, su mirada fija y perdida en el horizonte, y su boca cerrada durante todo el viaje. Le consulté un par de cosas, a lo que me contestó con monosílabos, por lo que supe desde ahí que algo le ocurría.

El viaje fue corto a pesar de que Luciana vivía ciertamente lejos de nuestra casa, pues a esa hora, a la madrugada, la ciudad se recorre con agilidad. Cuando faltaban apenas un par de cuadras para llegar a casa, Adriana comenzó con su interrogatorio:

-       ¿Por qué hueles así?

-       ¿Así cómo?

-       A mujer

-       ¿A mujer? – Respondí mientras hice el ademán de olerme los hombros y las muñecas

-       Si, a mujer y a sexo

-       Ha de ser que te parece

-       No, no es que me parezca, estoy segura de que hueles a mujer

-       Pues sinceramente no sé a qué huelo, no sé a dónde quieres llegar

-       ¿Me estás engañando?

-       ¿Pero como te voy a estar engañando? ¿En qué momento te iba a engañar si venimos los dos del mismo sitio?

-       No sé, pero apestas a sexo

El silencio reinó durante los instantes finales del recorrido a casa. Me puse algo nervioso por la sospecha que invadía a Adriana, así que pensé que la única forma de demostrarle que sus aprensiones eran infundadas, era follándola al llegar a casa, pues solo así despejaría esa idea de que otra mujer me estaba dando satisfacción.

Desafortunadamente para mí, el plan no salió como yo esperaba. Una vez que entramos a casa, ella se puso su camisón y se acostó. Yo empecé a besarla por el cuello mientras que le decía que solo tenía ojos para ella. Adriana me permitió besarla, y me permitió tocarla, pero cuando llegó el momento de la verdad, no pude responder. La erección nunca apareció, no solo por el reciente orgasmo provocado por Luciana, sino porque para esa altura de mi vida Adriana no me calentaba en lo más mínimo.

Ese “gatillazo” posiblemente hizo que se ratificaran las sospechas de Adriana, aunque esa noche no hablamos más del tema.

Pero a partir de esa noche Adriana empezó a ser más recelosa con la información. Comenzó a cuestionarme cada vez que iba a salir, cada vez que tenía un viaje de trabajo, así fuera real. Aunque lo peor vino días después, pues Adriana se dio a la tarea de consultar los extractos bancarios, enterándose al fin de los cuantiosos gastos en los que yo había incurrido en tiempos recientes.

Ese día, el que se enteró, cuando volví a casa, no hubo un instante de tregua. Por supuesto que yo no estaba preparado para sostener esa conversación, pues era imposible justificarle la desaparición de cuantiosas sumas de dinero sin mostrarle en qué me lo había gastado.

Habían pasado varios meses desde el primer adulterio con Luciana, aquella memorable noche en el Four Season, que estuvo acompañada de la desaparición de algo más de mil dólares de la cuenta. Durante todo ese tiempo pensé en lo que le diría a Adriana el día que se enterara de los estados de cuenta, pero jamás se me ocurrió algo creíble.

-       ¿En qué te has gastado más de nueve millones (tres mil dólares) en lo últimos seis meses?

-       En refacciones y arreglos para el carro

-       ¿Nueve millones?

-       Y en un Smart tv que encargué, pero aún no ha llegado

-       ¿Tú crees que yo me chupo el dedo? ¿Me viste cara de estúpida?

-       Adri, es la verdad

-       ¿Y por qué no me contaste nada?

-       Porque era una sorpresa para ti

-       ¿Pero qué sorpresa va a ser para mí que le metas plata al carro?

-       Bueno, los dos lo usamos…

-       Dime la verdad de una maldita vez ¿Te estás yendo de putas? ¿Tienes alguna adicción? ¿Estás enfermo?

 

Guardé silencio por unos cuantos segundos. Me supe vencido, acorralado, atrapado en la mentira. Y viendo que era insostenible, y asumiendo que el hartazgo marital había llegado a su límite, decidí confesar.

-       No Adri, no estoy yendo de putas, ni enfermo, ni tengo una incontrolable adicción. Te he sido infiel. He utilizado el dinero para consentir a mi amante, para pagar habitaciones de lujo, para cenar, para vivir con ella todo lo que tú te negaste a vivir conmigo

-       Y ahora resulta que va a terminar siendo mi culpa…

-       No Adri, claro que no, o no del todo. Pero si he de confesarte que llegó un momento en que me cansé de tu actitud, de tus negativas, de tu apatía, y encontré refugio en alguien más

-       ¿Quién es?

-       Eso no importa Adriana, hacerte saber ese detalle solo haría más profunda tu herida. Entiendo tu ira y tu decepción, y para rescatar el mínimo de honorabilidad que me queda, me iré de casa…

El llanto se apoderó de Adriana, que remató la discusión con una larga retahíla de improperios hacia mí. Poco y nada le importó que estuvieran los niños en casa, o lo que pudiesen escuchar los vecinos, solo quería descargar su resentimiento conmigo.

Con una maleta que contenía apenas lo más básico, y en medio de los agravios de Adriana, salí de casa.

Sentado en el coche, parqueado todavía frente a casa y sin saber dónde iba a pasar esa noche, llamé a Luciana para contarle lo ocurrido. La invité a hacerme compañía en mi primera noche de mi nueva soltería. Para mi fortuna ella accedió, sin importar incluso que estábamos a mitad de semana, con lo que eso implicaba a la hora de mentir y escapar de casa.

Fue un momento bisagra en mi vida. Estaba abandonando mi hogar, asumiendo que en cuestión de días iba a empezar trámites para separarme de Adriana, aquella mujer con la que había convivido por más de una década. Tampoco iba a compartir más el día a día con mis hijos, aunque siempre tuve en mente visitarlos con frecuencia y jamás abandonar mis responsabilidades como padre, pero estaba claro que iba a perderme el resto de su infancia. Y algo positivo y revitalizador fue la actitud de Luciana, que supo priorizarme en un momento de fragilidad para mí, demostrando además que lo que sentía ella por mí iba más allá del deseo de sentir los meneos de mi miembro entre sus carnes.

Esa noche fui a parar al Hotel Selina en pleno centro de la ciudad. Y allí fue a dar Luciana, para cumplir así con el pacto de encuentro de nuestras almas, y por supuesto para poner al día a nuestros genitales.

Fue una noche de mucho diálogo, de reflexiones, de mimos y de sábanas mojadas. Pero lo realmente valioso de esa velada fue la aceptación mutua del sentimiento naciente del uno por el otro. Ya no era solo cosa mía, Luciana me había confesado estar cautiva por mí. Fue una declaración revitalizante para mí, pues ahora sentía que no había sacrificado mi matrimonio por unos polvos bien echados, sino que existía la posibilidad de rehacer mi vida junto a esta mujer que me traía chalado.

Haber abandonado mi hogar me obligó a replantearme muchas cosas en mi vida, pero me dio la oportunidad de alquilar un piso para mí solo y vivir la vida que el prematuro compromiso me había negado.

Claro que no por ello abandonamos nuestra fascinante costumbre de visitar moteles, más cuando yo no había terminado de saciar mi interés por conocer la enorme variedad que nos brinda esta ciudad.

Como olvidar por ejemplo aquella noche que nos fuimos al Palladium, en la que Luciana a punta de baile y salsa brava me hizo hervir la sangre y con ello desearla. Y horas más tarde íbamos a terminar en el Chocolate Sweet, a solo tres cuadras, en pleno corazón del Restrepo.

Si hoy me preguntan, y sin el ánimo de hacer publicidad alguna, diría que el Chocolate Sweet es el mejor motel de Bogotá, y si no lo es, pega en el palo.

Fuimos en varias ocasiones, probamos la habitación Mediterránea, la China, la Persa, pero esa noche de bailoteo en el Palladium la rematamos en la habitación Romana. Allí Luciana se sintió como en casa al encontrar un tubo poledance en medio de la habitación. Yo me di el lujo de verla menearse, una vez más, agarrada del tubo, esta vez sin tanta coordinación, sin tanta elegancia y pulcritud en sus movimientos, pues la gran cantidad de Ron Medellín consumido previamente al calor de la voz de Ismael Quintana y las rebeldes sonatas de piano de Eddie Palmieri, le afectó en gran medida sus capacidades motrices.



Claro que ese alto estado de embriaguez precipitó su deseo carnal. Esa madrugada Luciana estuvo mucho más voraz que de costumbre, y eso ya era mucho decir, pues siempre fue una mujer con una gran líbido.

Allí, recostada en el diván del amor, Luciana abrió sus piernas, y con una tentadora mirada me invitó a sumergir mi rostro en ese jardín del pecado y las delicias. En ningún momento dejó de presionar mi cara sobre su pubis, me tenía sometido con una de sus manos al respaldo de mí cabeza, mientras que con la otra estimuló su clítoris para facilitarle el trabajo a mis labios y a mi lengua.

Sus prendas de ropa interior color azul turquesa volaron por la habitación y fueron a chocar contra una de las columnas de aquel “coliseo romano” que iba a acoger la batalla de nuestros sexos.

Seguramente el decoro de esta habitación en el Chocolate Sweet no podía evocar todo el disfrute de Piralis y Calígula en esos años de falso resurgir del imperio romano, aunque para nada fue despreciable el disfrute de nuestros cuerpos aquella noche.

Cómo me gustaba verla retorcerse del gusto, disfrutaba de sentir el ardor de su coño en mis labios, de atosigarme con los olores provenientes de su intimidad, con el sabor único de esa intrigante vagina.

Una vez que sus piernas se cansaron de abrazarme por el cuello, me recompuse, situé mi cara a la altura de la suya, clavé mi mirada en su siempre provocativo rostro, y conduje mi pene de nuevo entre esas paredes vaginales de tan caliente sensación.

Ahora era yo quien la sometía. La tomé del cuello con una de mis manos, a lo que ella correspondió con una sonrisa maquiavélica, como quien quiere provocar a su contraparte a incrementar sus niveles de sadismo.

Claro que yo nunca he sido un adepto de dichas prácticas, nunca he sido capaz de golpear a una mujer, y mucho menos a Luciana, a quien concebía como una tierna princesita en envoltorio de guarra.

Nos revolcamos con furor, como si se tratara de la última vez que fuéramos a follar. Si Belcebú estaba observándonos fornicar, seguramente estaría orgulloso de nosotros. Y si era Dios el que lo hacía, posiblemente también lo estaría, pues dos de sus criaturas estaban demostrando haber perfeccionado aquello de “amaos los unos a los otros”.

Algo que podía desquiciarme de placer era escuchar a Luciana. Ella, habitualmente, era de muchos suspiros y jadeos, y de pocos gemidos, pero cada que alguno escapaba, estaba marcado por esa tonalidad ronca de mujer madura. Esa gloriosa sonoridad, acompañada de ese gesto tan suyo de apretar los labios con los dientes, alternado con la apertura breve e incontrolable de su boca, me provocaron el primer orgasmo de la noche.

Afortunadamente para los intereses de Luciana, logré una nueva erección en menos de un minuto, pues fue suficiente con ver correr mi esperma por su coño para estar listo para un segundo asalto.

Esta vez fue ella quien controló la situación. Me tumbó sobre la cama y me montó. Una vez más veía mi humanidad enterrándose en esas carnes blancas, tatuadas y femeninas. Qué maravilla era aquello de sentir sus caderas sacudiéndose sobre las mías, sentir su pubis, adornado por esos bellitos nacientes, chocando contra mi pelvis.

Y fue a partir de esa noche que desarrollé una nueva filia. Una fascinación urofílica que me acompaña hasta estos días. Dudo que haya sido un episodio accidental, es más, por el goce evidenciado en los gestos de Luciana, me atrevo a pensar que fue algo premeditado. Ella acompañó los deslizamientos de mi miembro en su interior con un constante masajeo de su clítoris, y eso desencadenó en un estallido de placer más que evidente. Su “lluvia dorada” recubrió mi pelvis, mi abdomen y parte de mis piernas; empapó las sábanas, la cama, colchón incluido.

Que exquisitez verla delirar con su “accidente urofílico”. Con ello solo logró incrementar mi deseo, y yo, viendo la cama recubierta de sus fluidos, la tomé de una de sus manos, la conduje al diván del amor, la puse en cuatro y le volví a insertar mi miembro erecto. Lo hice de forma frenética, como pretendiendo castigarla por ser tan puerca, aunque sinceramente, yo estaba encantado con esto que acaba de suceder. Es más, en esta nueva penetración, fui yo quien acarició su clítoris, buscando una nueva “lluvia sagrada”. Lastimosamente para mí, fue tal mi excitación que fui yo quien descargó toda su fogosidad antes de encontrar esa experiencia celestial.

Los dos nos dimos por satisfechos, caímos rendidos del cansancio, quizá también por el efecto del licor; ambos plenamente complacidos por este nuevo capítulo de nuestros adulterios.

 

Capítulo XIV: Regocijo dominical


Estábamos adictos el uno del otro. Luciana y yo entramos en una vorágine de desenfreno pasional, que poco a poco empezó a vislumbrar sus primeros y auténticos visos de enamoramiento. El desenfreno era total, habitualmente para nuestros adulterios, ella visitaba mi apartamento. La expedición “motelera” tampoco se detuvo, pero de la nada surgió un nuevo escenario que nos fascinó a los dos: su casa...


jueves, 22 de abril de 2021

Ciao Laura (Capítulo II)

 Ciao Laura 


Capítulo 2: ¡Ciao Laura!




Fue un momento muy tenso. Giulia, a pesar de su corta edad, le dio un dramatismo enorme a la situación. Quizá yo estoy paranóico, quizá fue solo mi impresión, pero parecía que hubiese preparado el momento.


Estábamos los cuatro sentados a la mesa, y en un momento de silencio la niña le preguntó a su padre si alguna vez había empujado a mamá contra la ventana. Laura y yo quedamos helados, nos miramos de reojo y sabíamos que la tormenta estaba a punto de desatarse. Juan David, no había entendido del todo la pregunta de su pequeña hija, “¿A qué te refieres nena?”. Giula le contó que yo había estado empujando a su madre mientras ella se apoyaba en el marco de la ventana, “pero mami se resistió para no caerse”, sentenció la pequeña niña.

Juan David se levantó furioso de la mesa y enseguida me lanzó un puñetazo al que no tuve oportunidad de reaccionar, me lanzó directo al suelo. Él se disponía a seguir agrediéndome, pero Laura se interpuso, “basta, déjalo, fue culpa mía, yo le provoqué”, dijo ella para defenderme.

Él apenas se agarró la cabeza con ambas manos, la miró fijamente; su mirada estaba llena de rencor. Permaneció así unos segundos para luego cortar el silencio diciéndole “lárgate de mi casa, puta”, se dio la vuelta y se encerró en una habitación. Ella se abalanzó contra la puerta y le rogó para que hablaran y arreglaran las cosas, pero Juan David jamás le respondió.

Yo me dirigí a la habitación en la que me alojaba y empecé a empacar mi maleta. Sabía que mis horas en el apartamento de Laura habían terminado. Laura, al no encontrar respuesta de parte de su marido, partió de casa junto a mí. No tenía otra alternativa, no tenía familia allí, ni en donde pasar la noche, ni siquiera dinero, pues dependía económicamente de Juan David.

Afortunadamente Laura llevaba un buen tiempo en Turín, así que conocía muy bien la ciudad, así como en donde conseguir un hotel relativamente económico para pasar la noche.

A mí me restaban dos días en Italia, luego tenía planeado hacer un recorrido por otros países aledaños como Portugal, España, Francia y, si alcanzaba el dinero, Inglaterra. Pero esos planes iban a cambiar. No podía dejar sola a Laura en medio de esta situación. Ella tenía la esperanza de que el enojo de su esposo iría bajando con el pasar de los días, así que mientras eso ocurría, pasaría el tiempo conmigo.

A mí me parecía que era un plan que no tenía sentido, pues seguramente a su marido no le haría gracia que se hubiese ido conmigo. Aunque él, no necesariamente tenía que saberlo, podría pensar que Laura pasaría esos días en casa de algún amigo o amiga.

Laura no paró de llorar de camino al hotel, una vez que lo encontramos y nos instalamos en una habitación, tampoco lo hizo. No me hizo reproche alguno, pero si lamentaba constantemente haber arruinado su matrimonio, la posibilidad de convivir con su esposo y con su hija, y la felicidad de la que había gozado desde que llegó a Italia a vivir con Juan David. Yo solo la consolaba, trataba de animarla diciéndole que su esposo la iba a perdonar, aunque para mis adentros deseaba que no fuera así, pues tenía la oportunidad de convencerla de volver conmigo a nuestra querida Manizales.

Nos hospedamos en el Hotel Miramonti esa noche. Dejamos mis cosas y salimos a cenar. Laura no dejaba de hablar de su drama, lo que era completamente comprensible, pues acababa de ocurrir, aunque para mí no dejaba de ser molesto tener que escucharla lamentarse por lo perdido.

Cuando regresamos al hotel y nos acostamos, la situación no cambió mucho. Laura, en un costado de la cama, y en medio de la oscuridad, empezó a sollozar. Yo me di vuelta, la abracé, y empecé a acariciar su cabello, a deslizar suavemente mi mano por su cabeza mientras trataba de tranquilizarla con dulces palabras.

Ella, además de sufrir por la pelea con su esposo, tenía angustia de lo que iba a ser de ella. Pues en los tantos años que llevaba en Italia, nunca había tenido un trabajo estable, siempre había vivido del salario de Juan David. Su título profesional en Italia no era considerado, además de no contar con convalidaciones y demás requerimientos para ejercer.

Yo le ofrecí cancelar mis planes turísticos por el resto del continente, para permanecer unos días más allí, sirviéndole como apoyo mientras ella encontraba un trabajo. Eso la tranquilizó un poco.

Luego el cansancio la venció y cayó en un profundo sueño. Inicialmente yo también, pero en la madrugada desperté por el sofocante calor. En ese momento la tentación me venció, y no era para menos, tenía a Laura dormida a mi lado como en los viejos tiempos, tenía que aprovechar la oportunidad. Ella estaba allí, tendida sobre la cama, sin cobija alguna que le cubriera, supongo que en medio del sueño y con el fuerte calor las había hecho a un lado.

Yo la tapé con la sábana, me metí bajo esta y me dirigí rápidamente a su vagina. Tenía la intención de darle un sueño húmedo con mi lengua. Bueno, realmente mi intención era follarla una vez más, pero no sabía cómo podía reaccionar al momento de despertar y encontrarme ahí, disfrutando de ella sin su consentimiento.

De todas formas no me importó,  estaba obsesionado y comprendía que tenía que sacar provecho de esta situación en la que ella prácticamente estaba obligada a pasar la noche conmigo.

Ella dormía con un short y una camiseta. No llevaba nada más. El short se lo saqué lentamente. Lo fui deslizando poco a poco hasta poder quitárselo. Las bragas no me interesó quitárselas, solo las corrí un poco hacia el costado para dejar descubierta su zona íntima.

Sin contemplación alguna posé mí cara y concretamente mi lengua sobre su vagina. Empecé a lamerla suavemente, no quería despertarla bruscamente, así que no me precipité. Levantaba la vista ocasionalmente para ver su reacción, para cerciorarme de su sueño.

Ella seguía dormida, pero a la vez disfrutaba de lo que ocurría, pues ocasionalmente soltaba algunos jadeos. También gesticulaba, dejando ver que tenía un sueño placentero. Yo empecé a acariciar su entrepierna y los alrededores de su vulva como un estímulo adicional, quería que ella realmente disfrutara de este momento.

Durante unos minutos más continué estimulando su vagina con mi lengua. Ella había despertado, aunque yo no lo sabía, pues ella lo disimuló muy bien.

Pude notarlo una vez que ella me tomó de la cabeza con ambas manos y hundió mi cara contra su vagina. Dudé que hiciera este tipo de cosas y con tal fuerza en medio del sueño, así que una vez pude despegar mi cara de su caliente concha, la miré y noté como sonreía, como me miraba con alto grado de complicidad por lo que hacía.

Empecé a darle unos pequeños besitos por la zona de su pubis y de a poco fui subiendo por su abdomen, el canalillo de sus senos, sus hombros, su cuello y finalmente su boca. Nos enfrascamos en un largo beso que yo fui acompañando con estimulación manual en su coñito.

Ella separó sus labios de los míos, se dio vuelta, se puso en cuatro y de nuevo me puso cara a cara con su coño. Yo no renuncié a la estimulación manual, y una vez más acerqué mi mano a su concha, que a esa altura de la madrugada ardía notablemente.

Inicialmente la masturbé solo posando la palma de mi mano con la parte superficial de su vagina, pero la excitación nos fue venciendo, así que mi mano se iba introduciendo de poco en su coño, mientras que ella se movía, cada vez,  de forma más brusca, buscando justamente eso, que mis dedos y parte de mi mano entraran en su humanidad.

Ocasionalmente giraba la cabeza para mirarme, para demostrarme con sus gestos que estaba gozando de la situación; para dejarme ver como sus dientes apretaban su labios, y para dejarme ver la linda forma de su boca al dejar escapar sus gemidos.

Introduje dos dedos y empecé a palpar el interior de su coño. Inicialmente con mucha suavidad y delicadeza, pero al notar que no hubo reproche alguno de su parte, fui incrementando el ritmo con el que lo hacía. Llegó un momento en el que se perdió cualquier intento de delicadeza; mis dedos entraban y salían a toda velocidad y con gran vehemencia.

No pude resistir más, así que saqué mi pene y lo introduje rápidamente en su vagina "todoterreno”. De mi parte no hubo en ningún momento la voluntad de ser delicado al follarla, de lo que comúnmente se llama hacer el amor, no, para nada, fui al grano, a penetrarla con completa brutalidad desde un comienzo.

Tanto así que no pasó mucho tiempo para que empezara a azotar su culo. Ella lo disfrutaba. No me lo dijo, pero sus gestos y gemidos cómplices fueron evidencia de ello. Sus macizas nalgas temblaban con cada uno de mis azotes, y poco a poco se fueron tornando rojizas.

Luego la agarré del pelo con ambas manos, jalonándola hacia mí, ayudando a que los movimientos fueran siempre contundentes y profundos. Lamentablemente mi condición física me fue venciendo, así que tuve que disminuir el ritmo.

Le pedí cambiar de posición, siendo la del misionero la que menos esfuerzo me generaba. La penetré nuevamente, esta vez sin apuro alguno, sin instinto carnal rebosado. De hecho comencé muy lentamente, tratando así de recuperar el aliento, así como de gozar de otra faceta del sexo.

Me encantaba poder mirarle a la cara mientras la follaba. Ver sus ojitos picarones, sus labios provocadores y su sonrisa cómplice. Disfrutaba de verla abrir ligeramente su boquita, ya fuera para dejar escapar un gemido o jadeo; ver esa microexpresión en la que arrugaba rápidamente el entrecejo, o sencillamente verla  apretar los dientes.

Me enloquecía poder besarla a la vez que sentía la humedad de su vagina, agarrarla fuertemente de las caderas, como si se fuese a escapar, para hacer más precisa y profunda la penetración. Me encantaba tenerla cara a cara para hablarle sucio, para expresarle lo mucho que había extrañado lo puta que era.

Gozaba cada vez que ella enterraba sus uñas en mi espalda y empezaba a deslizar sus manos para dejarme marcas. También deliraba agarrando su cabeza con ambas manos, impidiéndole mirar cualquier otra cosa que no fuera mi cara.

A medida que el ritmo fue incrementando, sus gemidos hicieron lo mismo. Su orgasmo se veía venir, pues ya conocía bien su manera de sentirlo, ya sabía yo que cuando ella te amarra y te aprieta fuertemente con sus piernas, quiere decir que está tocando el cielo. Yo no estaba lejos de sentir lo mismo, ver sus mil caras de placer y sentir su cuerpo sudado contra el mío, fue motivo suficiente para descargar una vez más mi esperma en su coño. En simultáneo la besé. Luego me deje caer sobre la cama. Ambos quedamos mirando hacia el techo y muy satisfechos de la improvisada sesión de sexo. Tomé su mano y le propuse iniciar de cero conmigo, dejar Italia y regresar junto a mí.

Pero ella se negó. Giulia era motivo suficiente para dar la lucha en Italia. “Si tengo que trabajar de cajera, de reponedora, de domiciliaria, de lo que sea, no me importa, pero quiero ver crecer a mi hija”, dijo destrozando mis esperanzas de recuperarla.

Yo no tenía más opción que aceptar, disfrutar de los días que pasaría junto a ella antes de volver a mi país.



miércoles, 21 de abril de 2021

La mujer de un tombo

 La mujer de un tombo


Carolina es la mujer de un Mayor de la Policía que no tiene remordimiento alguno a la hora de faltar al sexto de los mandamientos de Dios: No cometerás adulterio. Es más, Carolina es una adultera consagrada, y yo he tenido la maravillosa oportunidad de ser su juguete sexual de turno.

Su apetito es voraz, insaciable. Hoy son pocos los muchachitos del barrio que no conocen las delicias de las que es capaz esta mujer. Lleva engañando al Mayor Espitia durante una década aproximadamente, y es una auténtica maestra del sigilo, la reserva y la traición. Es obvio que él todavía no lo sabe, a pesar de que lleva años y años siendo el cornudo del barrio, pues de saberlo es muy probable que hubiera buscado a cada uno de los amantes de su querida Carolina para hacer justicia por mano propia, al igual que habría sido muy probable que hubiera “ajuiciado” a su mujer a golpes o incluso a bala, pues en sus maneras se nota que ese es su proceder.

A Carolina la conocí en una peluquería que funcionaba en el barrio. Yo viví toda mi vida en este lugar, por lo que era un cliente habitual de aquella peluquería, es más, solo a doña Sandra era capaz de confiarle algo tan sagrado como la manipulación y el corte de mi pelo.

Esa tarde, la que conocí a Carolina, ella estaba siendo atendida mientras que yo esperaba en aquel recordado sofá negro, de cuero, en el que muchos nos sentamos alguna vez a ojear revistas viejas mientras esperábamos el turno.

Carolina le contaba a Sandra de sus andanzas extramatrimoniales. Lo hacía con total desparpajo, incluso con algo de orgullo por aquello de ser toda una maestra del ocultamiento. Se reía, se señalaba el culo o sus pechos, mientras Sandra apenas asentía con la cabeza mientras movía el cepillo y el secador de pelo.

Yo pude escuchar solo una parte de la conversación, en la que la aventurera mujercita le admitía a la estilista su predilección por los hombres jóvenes, pero el ruido del secador me hizo imposible de captar algunos apartes de aquella confesión. Claro que lo realmente valioso no fue solo escuchar esta charla, sino el hecho de haber coqueteado con ella por primera vez.

Nos veíamos a través del espejo, y a pesar de que no nos conocíamos de nada, de que no nos habíamos visto nunca, de que no habíamos siquiera cruzado palabra alguna; no importó nada de eso, pues lo que primó fue la intención mutua de coquetear, de hacer saber el deseo que profesaba el uno al otro.

En esos tiempos Carolina no tenía todavía consolidado ese expediente amatorio por el que hoy la conocemos en el barrio, estaba recién llegada. Ella apenas se había dado el lujo de cometer uno o un par de sus adulterios, aunque deseos no le faltaban por hacer crecer el listado de queridos.

Y fue así que logré mi oportunidad, con tan solo 18 añitos me di el gusto de probar las delicias de aquella mujer orgullo y trofeo de aquel Mayor.

Se notaba que Carolina era de aquellas mujeres a las que la cabeza no les sirvió para el estudio, para formarse y para prosperar por si misma, sino que encontró como alternativa para su sustento aquello de abrirle las piernas a uno de esos seres de formación castrense, cuyo imaginario es el de ser el del hombre de la casa que es capaz de mantener contenta a su mujercita, mientras ella le sirve de trofeo en eventos sociales, a la vez que gasta y gasta.

Carolina tendría unos 27 años para ese entonces. No trabajaba y dedicaba su vida a las labores del hogar y al cotorreo por el barrio.

Yo, por el contrario, soñaba con estudiar ingeniería mecatrónica, pero mi familia carecía de los recursos para pagar mis estudios en aquel saber, así que tuve que conseguir un trabajo que me permitiese darme la oportunidad de formarme. Conseguí uno como ayudante de uno de los comerciantes del barrio. Tendría que estar pendiente del abastecimiento del local, de cerrar caja y entregar cuentas a diario, de cargar y ordenar cajas y productos que constantemente llegaban al comercio, y por supuesto, tenía la tarea de atender a la clientela, que de hecho era la labor principal.

Este trabajo no solo me iba a dar la oportunidad de ahorrar unos pesos para luego pagarme los primeros semestres de la carrera, sino que también me brindaría la oportunidad de socializar con la gente del barrio, incluida Carolina.

Ella era una habitual cliente de la tienda. Iba prácticamente a diario para adquirir huevos, leche, pan o cualquier otro producto que hiciese falta en su hogar en el día a día. Yo disfrutaba con cada una de sus apariciones por la tienda, me daba el gusto de apreciarle ese culo regordete, esas caderas anchas, y especialmente esas piernas talladas por los mismísimos dioses.

Es que, sinceramente, sus piernas eran cosa sería. Eran largas, perfectamente torneadas, carnosas, macizas; apetecibles con cualquiera atuendo, pantalones ajustados u holgados, faldas, leggins, shorts; en fin, eran una eterna tentación.

Su culo igualmente era portentoso, ancho y de una linda y redonda forma. Lucía algo tembloroso cuando ella caminaba, atributo que por lo menos a mí me hacía perder la razón, y a eso ha de sumársele su generoso tamaño.

Sus caderas se correspondían con tan imponentes piernas y con tan deslumbrante trasero; eran verdaderamente macizas, de un ancho más que suficiente para acentuar su condición de fémina fértil.

En general su cuerpo estaba muy bien concebido, su piel trigueña, su cintura pequeñita y su abdomen plano y trabajado. Quizá sus senos eran su atributo corporal menos llamativo, pues eran pequeños y habitualmente pasaban desapercibidos por su forma de vestir.

Su rostro tampoco era de enmarcar. De hecho, su cara era un poco fea. Su nariz era considerablemente grande, con alguna irregularidad a la altura del tabique. Sus ojos eran negros, grandes y expresivos, realmente muy bellos. Sus labios a pesar de ser ciertamente carnosos, no lograban lucir llamativos. Claro que había un detalle en su rostro que lo hacía lucir mejor, o por lo menos que le entregaba esa característica de picardía que tanto buscamos los hombres. Carolina poseía un lunar en inmediaciones de sus labios.

Su cabello también era muy lindo, largo y muy negro. Lucia siempre limpio y peinado, y acentuaba lo oscuro de sus ojos.

Yo fui uno de sus primeros amantes en el barrio, pues la inevitable interacción cliente-tendero, sumado a mi constante coqueteo y su insaciable apetito carnal, me iban a garantizar ese placer de privilegiados.

La primera vez que copulamos ella se apareció por la tienda, compró un par de víveres y preguntó si nosotros hacíamos domicilios, a lo que Ramiro, el dueño, respondió que sí. Al día siguiente Carolina hizo su primer pedido: una bandeja de pechugas deshuesadas, un sobre de queso parmesano de 100 gramos y un frasco de cúrcuma en polvo.

Yo sabía que iba para su casa, no porque yo hubiese tomado el pedido y hubiese escuchado su voz, sino porque Ramiro me lo dijo. Me entusiasmé porque por fin iba a saber dónde vivía esta delicia de mujer.

Toqué el timbre. Ella se tardó un poco en abrir, pero he de admitir que la espera valió la pena. Carolina llevaba una bata (albornoz) al momento de abrir la puerta, prenda que además permitía apreciar sus piernas casi por completo. “Pasa, pasa y me ayudas a colocar las cosas”, dijo ella como si se tratara de un gran mercado.

A esa altura yo ya tenía claro que esta mujer tenía entre sus planes devorarme, y yo no tenía motivo alguno para oponerme. Aunque tenía que dejar que fuese ella quien se insinuara, pues por más sugerente que resultara la situación, podía equivocarme.

Su forma de llevar las cosas al punto deseado fue ciertamente pobre, carente de creatividad. “Antes de que te vayas asesórame con cuál de estos vestidos de baño luzco mejor para mi marido”, algo así dijo ella para retenerme unos minutos más allí y lograr su objetivo. Sinceramente habría sido más sencillo que me lo hubiera dicho, yo habría accedido de inmediato, pero quizá no se atrevía a ser tan directa.

Claro que yo no le di la oportunidad de mostrarme los dichosos vestidos. Cuando se puso el primero de estos, de dos piezas, ambas negras; me acerqué a ella en un instante que me dio la espalda, y le metí mano en su entrepierna. Ella dio un pequeño brinco, revelando su sorpresa por mi atrevida y directa respuesta. Y entendiendo que no hacía falta más indirectas o provocaciones, se dio vuelta y empezamos a besarnos.

Recuerdo muy bien esa sensación de ardor que emanaba de su entrepierna, incluso en aquellos instantes cuando todavía estaba resguardada bajo aquel bikini negro. Claro que yo no me concentré exclusivamente en su entrepierna, habría sido un completo desperdicio. Me tomé el tiempo necesario para acariciar sus piernas, para hacerla disfrutar con el paso de mis dedos, mis labios y mi lengua, lo cual no solo provocó su disfrute, sino también el mío.

Es que ahora que tenía aquellas piernas en mis manos, las sentía más carnosas de lo que aparentaban a simple vista, las concebía todavía más imponentes, mucho más majestuosas, delicadas y provocativas.

Ella permanecía allí en pie, recostada contra la pared, supervisando el recorrido de mis manos y de mi boca por sus piernas. No escatimó a la hora de suspirar y de jadear, es más, vociferar su gozo era una de las situaciones que más disfrutaba, le encantaba ser abiertamente calentorra.

Realmente me apasioné besando sus piernas, tanto así que me olvidé del resto de su ser, me concentré por completo en tan perfectas extremidades con las que había sido bendecida esta mujer.

Ella no se opuso, sino que complementó el paso de mis labios por sus piernas, con el inicio de sus tocamientos. Para el momento que me animé a correr hacia un costado la pieza inferior de su bikini, ese coño estaba en completo ardor.

Era una verdadera caldera, de la cual me animé a beber directamente tan delicioso néctar. Pero mi oportunidad de degustar esos fluidos de sabor sanguíneo y salado se vio interrumpida por el apuro de la adultera mujer. “Házmelo pronto, que mi marido viene a almorzar”.

Hasta ese entonces yo no sabía mucho de su marido, es más, no sabía nada aparte de que ella lo engañaba con chicos jóvenes. Pero esa mañana ella no solo me hizo saber que su esposo era policía, sino que era un celoso patológico, capaz de matar por salvar su honor.

Me puso algo nervioso esa revelación, pero sinceramente lo que más me generó fue morbo. Me entraron unas ganas incontenibles de follarla, ahora más que nunca.

Y fue así que me bajé el pantalón a toda máquina, sin perder el más mínimo segundo. Tomé mi miembro entre las manos y lo conduje para ingresar en aquella acalorada vagina.

Follamos allí de pie, recostados contra aquella pared blanca. Carolina no escatimó en gemidos y otras expresiones de disfrute, me hablaba al oído y me incitaba a follarla como me diera la gana.

Yo la tomaba por las nalgas para dirigir el azote de sus caderas contra las mías. Veía sus carnes temblorosas ante cada uno de las embestidas de mi cuerpo. Igualmente me daba el gusto de ver su fea carita llena de gestos de fruición.

Sus besos eran lentos, verdaderamente despaciosos, acompañados de una gran e inquietante actividad de su lengua. Sus senos se aplastaban contra mi pecho. A pesar de que estaban todavía reprimidos bajo su top, se sentían duros, con su pezón apuntando directamente hacia adelante.

Ella me preguntaba constantemente si me gustaba como lo estábamos haciendo, y yo estaba tan encarnizado penetrándola, que me limitaba a responderle asintiendo con la cabeza.

Yo por el contrario no me tomé la delicadeza de preguntarle por su disfrute, aunque realmente no hizo falta, pues no hay nada más sincero como la humedad de una vagina.

Fueron aproximadamente 15 minutos los que duramos allí, en pie, recostados contra aquella pared, amancebándonos obsesamente. Y cuando me sentí al borde del frenesí, retiré mi pene de su cuerpo para disparar mi esperma contra su abdomen.

Fue sublime, tanto para ella como para mí. Por lo que acordamos que esta no sería la última vez que nos compenetraríamos en uno solo. Seguimos viéndonos a escondidas para fornicar a placer, aunque poco a poco ella fue aumentando la baraja de compañeros de adulterio, por lo que yo terminé por convertirme en uno más de aquel largo listado.

Más temprano que tarde Carolina terminó encinta. La identidad del padre de aquel niño es toda una incógnita en el barrio. Muchos fuimos los que nos la cogimos, e igualmente varios fuimos los que nos dimos el gusto de arrojar nuestro material genético en su interior, aunque seguramente ella se tomó el trabajo de hacer pasar al niño como hijo del Mayor Espitia.

 



viernes, 16 de abril de 2021

La profe Luciana (Capítulo XII)

 La profe Luciana 


Capítulo XII: El viacrucis de Luis Gabriel



Una indigestión severa… ¡Qué ingenua que podía ser Adriana! Aunque más lo era el marido de Luciana, ese sí que era un crédulo digno de sufrir todo lo que ella le hacía.

Luciana nunca había sido muy dada a hablarme de él, aunque yo tampoco demostré mayor interés por enterarme. Claro que el naciente deseo que surgía entre Luciana y yo, iba hacer surgir en mí esa necesidad por aprender cosas de su esposo, al fin y al cabo que no hay mejor estrategia que conocer a tu enemigo a la perfección.

El marido de Luciana no era un digno rival, no estaba a la altura. Era el típico fantoche hablantinoso que va pregonando éxito y logros, pero no pasa de pobre diablo.

Luis Gabriel se llamaba el desdichado este, que es fácil de encasillar en el perfil del tradicional patriota camandulero de derechas, que se cree valioso e imprescindible para el progreso de su país; que va vociferando tener un imperio que genera empleos y riqueza para la nación, pero va uno a ver y el tal imperio es un cochambroso taller de reparación de refrigeradores y aires acondicionados, y los empleos son el de él y el de un pobre desgraciado que tiene como asistente al que no es capaz de pagarle ni un salario mínimo. Así es, Luis Gabriel es el clásico acomplejado que va ostentando lujos que no puede pagar.

Es más, algo que me generó mucho más morbo y gusto del que ya tenía al sostener relaciones carnales con Luciana, era el hecho de saber que con esto mancillaba el orgullo de uno de estos agrandados parásitos que pululan en nuestras sociedades latinoamericanas y subdesarrolladas.

Durante mis primeros encuentros con Luciana no supe nada de él. Nuestras conversaciones siempre se centraron más en el gusto literario compartido, en nuestras profesiones, revelarnos nuestras perversiones, planes a corto plazo, y en general a conocer los gustos y deseos que cada cual tenía.

Más allá de una tímida mención, parecía que Adriana y Luis Gabriel eran tema prohibido en nuestras conversaciones de esos primeros encuentros.

Hasta cierta noche, también de sábado, velada que pasamos en el Blue Moon. Esa vez Luciana estaba poseída por la ira, había discutido con su marido, y su adulterio terminaría siendo mucho más placentero. Y esa fue también la primera vez que me atreví a preguntarle por él.

Me lo describió como un fanático religioso, petulante, convencionalista y fracasado. Pero en lo que más hizo ahínco fue en su capacidad para adular, “es un lampelotas con doctorado”, describió Luciana dibujando un notorio gesto de desprecio en su rostro.

-       ¿Y entonces por qué estás con él?

-       Por lo que ya te dije alguna vez, por las apariencias que hay que mantener, pues en sociedades como esta se te valora más si personificas los “valores tradicionales”. También por nuestro hijo, que seguramente se vería afectado si nos llegáramos a separar

-       ¿Cuántos años tiene tu hijo?

-       13

-       Ah bueno, ya es algo grande para procesar una situación como esa

-       Quizá, pero he llegado a pensar que al ser hijo único podría sufrir un trauma mayor con la separación de sus padres

-       Bueno, también es cierto que nadie lo conoce mejor que tú… Pero vivir atrapado en un matrimonio sin rumbo no tiene razón de ser

-       ¿Y tú por qué sigues con el tuyo?

-       Sinceramente por comodidad, pues sé que, si me divorcio de Adriana, es muy probable que ella se quede con gran parte de los bienes y con la custodia de los niños. Yo podría desentenderme, pagarle una cuota alimentaria mensual y librarme de cargas, pero no sé si eso es lo más sano para mis hijos. Me gustaría que ella también me engañara, con eso yo tendría forma de dar pelea en un tribunal

-       Ayúdale

-       ¿Qué quieres? ¿Qué le consiga un amante a mi mujer?

-       Ja, ja, ja, suena raro, pero sí

-       Es tan reprimida que el amante terminaría enfadándose conmigo

-       Ja, ja, ja

-       Suena mal que yo sea quien te lo diga, pues hay un interés de por medio, pero no deberías seguir atada a Luis Gabriel, se te nota que te hace infeliz

-       Es verdad, pero no sé de qué forma puedo sacármelo de encima

-       ¿Sabe que le has sido infiel?

-       Posiblemente sospeche, aunque es demasiado ingenuo

-       Bueno, pues confiésale todo lo que has hecho

-       Uy no, tiene una escopeta y está un poco trastornado. Si no me mata a mí, busca a todo aquel que se haya acostado conmigo

-       Ja, ja, ja ¿Tan desquiciado está?

-       Hasta más…

Esa fue la primera gran referencia que tuve de Luis Gabriel. Aunque luego me di la oportunidad de conocerle en persona, y no solo de eso, sino también de comerme a Luciana en su presencia, a su espalda, separados apenas por un muro.

Claro que todo fue un proceso, no iba a arriesgarme a tentar a un sociópata consagrado como este.

La segunda referencia que tuve de “Luchito” fue una noche, esta vez de viernes, en que Luciana me invitó a su casa. Su esposo había viajado a visitar a un hermano enfermo, y su hijo había ido a pasar la noche en casa de un amigo, así que teníamos vía libre para nuestras adulteras perversiones en el seno de su hogar.

Luciana me hizo una visita guiada por su casa. Me enseñó sus aposentos, su bella sala de estar, su estudio particular para el ensayo de bailes sensuales y por supuesto el pole dance, y luego me llevó a una habitación que su marido había adecuado como santuario para la oración. “Me encanta profanar este lugar. Es más, si tomas ese crucifijo y lo hueles, le notaras un tufillo a coño”, dijo ella mientras señalaba hacia una de las paredes donde efectivamente estaba colgado un crucifijo.

Ella amaba violentar ese lugar de culto para su esposo. Me confesó haberse masturbado decenas de ocasiones en ese lugar. Y eso avivó mi interés por sus tocamientos.

-       ¿Te masturbas seguido?

-       Uh, más de lo que te imaginas

-       ¿Te tiras en el suelo para cosquillearte con tu mano mientras estás desnuda? ¿O eres de aquellas mujeres que prefiere recostarse contra un muro mientras mete su mano bajo las prendas para tocarse?

-       Ambas me gustan, aunque disfruto más estando desnuda, pues puedo acariciarme mejor

-       ¿Follas aquí con tu marido?

-       Ni aquí ni en ninguna otra parte. Tengo que estar muy cachonda para acostarme con él. Tanto así que la última vez fue esa en que te mandé el video del duchazo, y ya hace cuánto de eso. Claro que he follado aquí con otros, no es la primera vez que Cristo me ve gozando como a una perra mientras engaño a mi marido

-       Si yo fuera tu cónyuge no me cansaría jamás de poseerte

-       Eso dices, pero la convivencia cansa. Sino mira lo que te pasó con tu mujer…

El silencio perduró por unos cuantos segundos en el ambiente, pero luego Luciana lo interrumpió. “¿Bueno, vienes y me ayudas a cumplir una nueva fantasía de profanación en el templo de mi esposo, o me va a tocar hacerlo sola una vez más?”.

Al escuchar esas palabras me abalancé desesperado sobre ella. La besé y a la vez empecé a acariciar su espalda y sus nalgas. Claro que luego de escucharle aquello de que se masturbaba con un crucifijo, sentí que mis manos no estaban a la altura, por lo menos en esa ocasión, para consentirla. Me alejé por un instante, tomé el crucifijo, lo acerqué a mi nariz y constaté que efectivamente tenía una ligera esencia a su feminidad. ¡Qué delicia!

Le pedí tumbarse en el suelo, cerrar sus ojos y dejarse llevar. Al comienzo me ayudé de mis manos para acariciar la cara interna de sus muslos, y habiéndome asegurado de que estuviese lo suficientemente lubricada, me animé a incrustar poco a poco el crucifijo.

Yo lo agarraba desde la parte más corta de la cruz, es decir, donde se sitúa la cabeza espinada de Cristo, mientras que le enterraba, sin apuro alguno, la parte más extensa. Lo más placentero de la situación era ver salir la cruz recubierta de ese néctar sagrado. Luciana me pidió chupar el crucifijo, y yo encantado accedí. Lo mejor de todo era verle esa cara de pervertida, ese rostro gustoso de verme complacer todos sus caprichos.

Las piernas y el torso de Cristo quedaron empapados por los fluidos de Luciana, pero hasta ahí llegó la participación del crucifijo, pues cuando vi a Luciana revolcarse del gusto en el suelo, entendí que era momento de sumarme, de gozar con ella.

Colgué la cruz en la pared, hice que Luciana se pusiera en pie y le di vuelta, para quedar una vez más de frente con su impresionante culo. No sé cuántas veces lo he descrito, cuántas veces lo he elogiado, cuantas veces lo he glorificado, lo cierto es que hasta el día de hoy no me canso de hacerlo, es el mejor culo que he visto en toda mi puñetera existencia, y lo mejor de todo es que tuve la chance de sentirlo, de magrearlo y de penetrarlo.

Ese día se iba a dar una vez más, con Cristo colgando en la cruz mientras nos tenía de frente a Luciana y a mí; iba a incursionar una vez más en ese camino estrecho y misterioso.

Claro que en primera instancia la penetración fue vaginal, pues su coño ya estaba lubricado. Esa vez fue lenta, despaciosa y diría que hasta silenciosa. Creo que fue la primera vez que hice el amor con Luciana en vez de fornicarla.

Y aunque fue un rato muy tierno y romántico, Luciana no quería un amante para ello, sino para desatar sus más bajos y sucios deseos, por lo que fue cuestión de un par de minutos para que la penetrara de forma voraz.

La agarré de esa hermosa cabellera oscura y desordenada, y la sometí, la penetré sin la más mínima consideración por su bienestar. Empecé a besarle y a chuparle el cuello, con el morbo de tener el crucifijo a tan solo unos centímetros de nuestros rostros; con la cómplice reacción burlona y puerca de mi veterana barragana.

Cuando los vapores de su vagina se convirtieron en fuertes goteos, los aproveché una vez más para lubricar su ojete. Adoraba el hecho de contar con su total aprobación, no hubo nunca reproche alguno de su parte para mi incursión contranatura.

El ingreso fue despacioso, como la vez anterior. Mi entusiasta miembro erecto iba pidiendo permiso a las paredes de su ano para ingresar, para escarbar hasta lo más profundo de esa cavidad.

Penetrar a Luciana por el ano era algo sencillamente maravilloso, sentir caer todo el peso de los músculos de su culo sobre mi pene, era algo que fácilmente podía desquiciarme. Pero lo que más me gustaba de todo esto eran esos gemidos roncos, esos lamentos de tonalidad baja, tan propios de una mujer madura.

La penetración anal fue lenta a todo momento, no era necesario forzar el movimiento, ni aumentar su velocidad, ni hacerlos más bruscos, nada de eso; es más, con el solo hecho de tener mi miembro ahí dentro, me sentía al borde del orgasmo.

Pero a pesar de lo aberrante o impúdico de la situación, yo sentía que debía comportarme como un caballero, lograr el orgasmo de Luciana para ahí si poder llegar al mío.

Y fue algo que se me fue dando con la práctica, con el pasar de los coitos, pues fui aprendiendo a identificar esos gestos tan propios del placer extremo de mi cómplice de adulterios.

No siempre se manifestaron por el tembleque de sus piernas, o por la fuga de fluidos de su coño, esos eran los más dicientes. Un gesto típico de Luciana al encontrar el clímax era buscar mis labios, buscar sumergirse en un largo beso. Otra de las características de sus orgasmos era clavar sus uñas en alguna parte de mí: Ya fuera mi cabeza, espalda, hombros, piernas; eso dependía la posición en la que estuviésemos. En esta ocasión fue en mi nuca, pues llegó un momento en el que entrecruzó sus brazos por detrás de mi cabeza, inclinó su cabeza hacia atrás, dejándola caer sobre uno de mis hombros, y luego buscó mi boca para deleitarme con uno de sus siempre amenos besos, a la vez que sus uñas se clavaban al respaldo de mi cuello.

Habiendo cumplido con la primera parte de la tarea, me sentí en libertad de pensar en mi propia satisfacción.

Saqué lentamente mi falo de su ano, me alejé un poco para tomar un paño húmedo y limpiarlo, y acto seguido le pedí a Luciana ponerse en cuclillas para masturbarme a la altura de su rostro. Me di el gusto de correrme en su bonito rostro, de ver el semen correr cuesta abajo desde uno de sus ojos hasta el borde de su boca.

Y aunque el polvo en el santuario de Luis Gabriel es digno de enmarcar, fue todavía mejor esa vez que fornicamos mientras él también estaba en casa, separados por una pared, y cobijados por el bullicio de una reunión de “amigos” al interior de su morada.

Ocurrió un 25 de mayo, fecha en la que Luciana conmemora el aniversario de fundación de su academia. Para una ocasión tan especial, la talentosa maestra se da el gusto de organizar una fiesta con las alumnas con las que ha establecido vínculos más cercanos.

Habitualmente esta fiesta se hacía en la misma sede de la academia, pero había años en que a Luciana le apetecía llevar esa celebración al interior de su hogar.

Adriana no era de su círculo más íntimo, pero Luciana la invitó aparentando cortesía, y en un evidente guiño para que yo hiciera parte de tan importante efeméride.

Obviamente que Luciana no invitaba solo a sus alumnas, sino también a sus esposos, y en caso de no tener con quien dejar a los niños, podían llevarlos también.



Era un suceso en el que lograba reunir a un amplio número de personas, pero la verdadera fiesta iba a ser solo para dos.

Esa noche fue la primera ocasión en que vi cara a cara al badulaque con ínfulas de gran empresario. Iba vestido de jean, y un buzo de lana gris, zapato mocasín negro, que a leguas se notaba era de mercadillo. La cabeza embadurnada de gel y el pelo como una plasta, echado hacia atrás. Cuando nos presentaron, me ofreció un whisky y una conversación que se extendió por escasos cinco minutos.

Me habló de su amado Atlético Nacional, de un par de realities de ese entonces por la tv, y de un genocida que absurdamente es admirado en un país de violentos como este. Me dio un par de “consejos” para hacer grandes fortunas, y luego dejó caer su cuerpo en uno de los sofás de espuma de poliuretano.

Supe de entrada que no había mucho por hablar con este sujeto, pero entendí que lo más conveniente era ganarme su confianza. Así que luego de intercambiar saludos con los demás presentes en la reunión, volví hacia donde él estaba, y ahora fui yo quien le ofreció un whisky.

Le seguí la cuerda en muchos de sus planteamientos extremistas y autoritarios; alabé a Laureano Gómez y a Donald Trump, al “glorioso Partido Conservador” (Ja, ja, ja) y hasta me animé a rememorar los goles de Carmelo Valencia, Sergio Galván Rey y León Darío Muñoz en la final de 2007.

Me gané rápidamente su afecto y su confianza. Es más, gran parte de la fiesta estuve charlando con él, encargándome de embriagarle para hacer más fácil de cumplir mi anhelo de follarme esa noche a su mujer.

Y una vez que el pobre diablo quedó con la cabeza gacha y el piso dándole vueltas, le dije tener que ausentarme por un instante, pues quería compartirle un trago especial que había traído a la reunión, pero que torpemente había olvidado en el carro.

Salí de la sala, me crucé con Luciana, la agarré de la mano y la llevé al patio trasero. Allí empezamos a besarnos, bajo la escasa luz que brinda una de las farolas del alumbrado público, recargados contra el muro que da contra su cocina. Luego le di vuelta, quizá de forma un poco brusca, la apoyé contra la pared, alcé su falda, moví su tanguita hacia un costado, y la penetré a profundidad.

Fue un coito corto pero memorable. No hubo tiempo para jugueteos previos, para caricias y demás, fue un acto puramente animal, pero sumamente excitante para ambos.

“Tienes que apurarte. Si Lucho nos pilla es capaz de agarrar su escopeta y volarnos los sesos a los dos frente a toda esta gente”, dijo Luciana mientras yo le empujaba mi miembro adentro sin ningún tipo de contemplación.

A pesar de que fue un polvo corto, nos dimos el gusto de cambiar de posición. Luciana se dio vuelta, quedamos cara a cara, y volvimos de nuevo a compenetrarnos en uno solo para intercambiar nuestros fluidos.

El coito terminó con mi estallido de placer en su interior, todo a partir de un profundo beso con el que Luciana me deleitó.

Regresamos a la sala, seguramente, todavía con el correspondiente aroma a sexo, que buscaríamos disimular con el olor a tabaco reinante en el ambiente, y la complicidad de saber que el licor habría aturdido los sentidos de la mayoría allí presentes.

Capítulo XIII: Expediciones moteleras

Esa noche fue la primera vez en que Adriana me hizo saber de sus sospechas hacia mí, fue la primera vez que me sometió a un interrogatorio evidenciando su plena desconfianza...




La Profe Luciana (Capítulo XXI)

 La Profe Luciana Capítulo XXI: Un baile de Luciana Era inevitable e irreparable. Esa sensación de oquedad, de orfandad, esa congoja que me ...