miércoles, 14 de abril de 2021

Dar en el blanco

 Dar en el blanco


Es inconcebible pero un hecho que muchas de nuestros más grandes logros personales, aquellas conquistas espirituales tan placenteras y reconfortantes, incluso con rasgos de épica en algunas ocasiones; las conseguimos en medio de la irracionalidad, especialmente de la ajena, aunque hay casos en que esos estados de irracionalidad son colectivos y obviamente te absorben.

Fue así que despojé a Sara de su sostén y de ese cerrojo que había puesto entre sus piernas para alguien como yo. Sara se lo había dado a medio barrio, pero a mí no. Yo persistía, pero no había manera, Sara me tenía vetado el acceso a sus placeres. Pero una de esas jornadas de euforia colectiva bastó para que todo cambiara, para por fin regodearme con su disfrute.

Mi familia y yo nos mudamos a Santa Isabel, muy cerca al centro de Bogotá, a finales de los 90. Pero a Sara solo la vine a conocer entrados ya en la primera década del nuevo milenio. Desde esa primera tarde que la vi quedé fascinado con ella. Se me volvió una obsesión.

Ella caminaba por una de las aceras del barrio con su grupo de amigos. Maravillaba la vista del vecindario entero con su imponente escote, el cual pude apreciar al momento de cruzarnos por aquel parque. 

Ella ni se enteró de mi existencia mientras que yo quedé embelesado. Y eso me llevó a plantearme los objetivos de conocerla y conquistarla.

Santa Isabel es uno de los barrios de tradición futbolera en esta urbe de exiguo aporte a los grandes talentos del balompié nacional y de contadas alegrías para los seguidores de los equipos locales. En Santa Isabel se respira fútbol, o por lo menos así era cuando vivía allí. Hinchadas de algunos equipos se reunían en los bares a ver los partidos y en los parques a celebrar cuando el club de sus amores conseguía un título. Nacional y Once Caldas eran los equipos con mayor acogida entre los muchachos del vecindario. Yo era de Millonarios, y aunque también había una buena cantidad de fanáticos albiazules en el barrio, éramos minoría y además nos tocaba aguantar las celebraciones de las otras hinchadas, pues era una época en que Millonarios sufría una larga sequía. Los hinchas de Millonarios la pasábamos realmente mal, todas las hinchadas rivales habían celebrado alguna cosa, mientras que nuestro equipo acumulaba en ese entonces 16 años sin triunfo alguno. Y en Santa Isabel además tocaba aguantar el escándalo y la fiesta que montaban cada vez que ganaba el Once o Nacional.

Yo terminé renunciando a ser hincha de Millonarios, no porque esa vivencia en Santa Isabel me haya ocasionado un trauma ni nada por el estilo, sino porque terminé enamorándome de otros colores. No voy a negar que algo influyó el espíritu perdedor de Millonarios en el apaciguamiento de mis afectos hacia esos colores, pero lo esencial fue mi enamoramiento por el Once Caldas. Tampoco fue una gran pérdida para la hinchada azul, pues sinceramente siempre fui más un parco simpatizante que un apasionado hincha de ese equipo. Mi fervor futbolístico me lo despertó aquel épico Once Caldas campeón de Copa Libertadores, que de paso me valió para cumplir ese anhelo de comerme a Sara.

Ella era de Manizales e hincha del Once a morir. Se reunía con sus amigos los domingos para ir a uno de los bares a ver los partidos. Yo la conocí gracias a eso. Iba y me sentaba solo en la barra del bar a ver los partidos del Once, no tenía problema en ello, a mí más que Millonarios, me gustaba ver fútbol, y el objetivo principal era conocerla y socializar con ella. Y así lo fui haciendo, me fui haciendo amigo de ella y de su círculo social, como si yo fuera un hincha más, aunque hasta ese entonces no lo era.

Era una banda grande, más o menos 20 mancebos, ninguno mayor de 20 años. Siempre nos reuníamos para ese plan, para ver los partidos del Once en Rumbaland o en Juanchito.

Sara, Erika y Mónica eran las únicas mujeres en el grupo, el resto hombres, así que podrán imaginar el puterío. Cuando una de las chicas se metía con alguno de los del grupo, todos los demás nos enterábamos y deseábamos la misma suerte. Allí todos sabían quién había estado con quien, y aun así no importaba, pues todos buscaban su oportunidad con una de las abanderadas señoritas. No es que fueran unas vulgares rameras, tenían sus filtros, es más como si este grupo de señoritas se diera el gusto de comer a la carta. Érika era la de menor apetito, se lo daba nada más a Elkin, era juiciosa la pelada. Las otras dos no tanto. Mónica era como la más facilonga, como que tenía su clítoris en perpetua efervescencia. Aparte le gustaba ser calientahuevos.

Sara era una tentación para muchos. Sus descomunales tetas así lo imponían. Es que debo comenzar por allí, porque estoy seguro de que, en aquella época, en ese barrio, los pechos de Sara eran uno de los tesoros más codiciados. Cómo le voy a negar a tan deslumbrantes senos el honor de tener un párrafo propio para su reseña.

Por mi halagüeña introducción es de suponerse que los senos de Sara son inmensos, efectivamente lo son, pero unos pechos descomunales no se limitan a su tamaño, unos senos a los que les cabe el adjetivo de la divinidad son más que volumen. Los de Sara son blancos, respingones, gordos, imponentes, realmente enormes. Lucen bien siempre, con camisas escotadas, con blusas ajustas, con pijama, hasta con esos sacos tipo cuello de tortuga, con lo que les pusiese encima siempre lograban llamar la atención.

Por lo demás Sara es una chica común y corriente. Es pequeña, calculo que medirá 1.55 como mucho. Su tez es supremamente blanca, dándole cierta apariencia de delicadeza, que luego se ve contrastada con su forma de ser, pues Sara es una chica de pocos modales y de temperamento fuerte.

Sus piernas también gozan de una linda forma, tienen buen grosor, aunque sin llegar a ser auténticamente carnosas; obviamente con el recubrimiento de aquella piel blanca. Su trasero también es macizo, aunque no propiamente curvo. Es uno de esos culos anchos pero chatos.

Al ser de escasa estatura aparenta ser una chica robusta, aunque para nada lo es. Su abdomen es tan común como el de cualquiera, con algún exceso normal entre mortales no adictos a las dietas y el ejercicio. Su cintura está lo suficientemente demarcada como para desear tomarla desde allí y manejarla a voluntad.

Su rostro es de forma redonda, tendiendo a tener un ligero relleno en sus mejillas. Sus labios sin destacamento alguno, de un tamaño promedio, con una apariencia ciertamente tenue, de alguna manera pálida, pues no era Sara una mujer muy habituada a pintar su boca. Su nariz tampoco presentaba irregularidad alguna. Era ligeramente ancha en su base, de tabique compacto, dándole una apariencia pequeña.  Sus ojos son de forma almendrada, de un verde muy bello, acentuados por unas cejas perfiladas en la misma forma del ojo. Su cabello es todo un enigma, pues la ha llevado corto, a la altura de los hombros, teñido de morado o de azul claro; así como lo ha llevado negro, sedoso y largo hasta la cintura, acentuando más su pequeña figura.

Cuando el Once Caldas derrotó al Santos en aquellos cuartos de final de la copa en el 2004, tuve la ilusión de que el ‘blanco blanco’ iba a ser campeón de América. No la tendría fácil, en semifinal se medía al Sao Paulo de Cicinho, Luis Fabiano, Grafite, Diego Tardelli, Rogério Ceni y compañía. Yo, quería ver si el Once Caldas era capaz de derrotar a ese Sao Paulo, quería presenciar esa proeza en el lugar de los hechos, así que conseguí boleta y me fui para el Palogrande a ver el compromiso de vuelta entre estos equipos.

En tierras paulistas Juan Carlos Henao había sido figura, y en Manizales lo volvería a ser, aunque esta vez iba a compartir la plaqueta de jugador del partido con Jorge Agudelo, que con un enganche magistral iba a derrotar a Ceni a escasos minutos del final para meter al humilde Once Caldas a una final continental. Ese partido me hizo hincha del Once para siempre, me parecía toda una proeza lo que ese equipo estaba logrando. Es que era un equipo verdaderamente barrial, sin nombres rutilantes, con tipos como Jorge Agudelo, que fácilmente podía ser tu vecino latonero que te encuentras comiendo fríjoles y mazamorra en la fonda del barrio.

Me entusiasmé tanto con ese agónico triunfo ante Sao Paulo, que una vez acabó el partido contemplé conseguir una boleta para la final. Lastimosamente para mí eso no pudo hacerse realidad. Las boletas volaron entre los manizaleños, y un foráneo, sin conocidos e influencias en Manizales, no tenía mayores chances de conseguir una boleta.

Me resigné a tener que ver esa histórica definición por televisión. Que no era lo mismo que estar en el epicentro de los hechos, pero no era para nada mal plan, iba a estar con la gente del barrio, con el parchesito del Once que había integrado a un rolo desubicado como yo. Un rolo hincha del Once Caldas, eso sí que es raro…

Nos juntamos para ver los dos partidos, el de Buenos Aires y el de Manizales. Los que recuerdan esa final saben que no fueron partidos vistosos, aunque no por ello carentes de emotividad. El empate sin goles en La Bombonera fue tenso, con un Boca que tuvo más chances, aunque no del todo claras, y con un Once que sobre el final silenció La Bombonera con un disparo de Soto que se terminó estrellando contra el travesaño.

En el bar celebramos ese empate como un triunfo, el Once le había hecho resistencia a la temida Bombonera y ahora se jugaba el todo por el todo en casa ¿Cómo no íbamos a estar ilusionados?

Compramos canasta de cerveza y un par de botellas de aguardiente y armamos la fiesta en ese bar hasta que cerraron. Salimos todos ebrios, algunos rumbo a casa, a cumplir la acordada cita con la almohada, y algunos otros con ganas de seguir el festejo.

Nos sentamos en el parque que queda frente al CAI y terminamos de tomarnos una de las botellas de aguardiente. Esa vez fue la primera vez que besé a Sara. Me ofrecí a acompañarla a la casa cuando todos nos despedimos, ella estaba muy borracha. Caminamos apenas dos calles, pero ese trayecto fue suficiente para sonsacarle uno de sus besos. No fue difícil, bastó con repetirle lo muy bella que me parecía, lo que siempre le decía, pero que ahora, por el efecto del alcohol, me hacía lograr mi cometido. Nos rumbeamos al frente de su casa. Esa no fue solo la primera vez que nos besamos sino también la primera vez que le sentí las tetas con mis manos. Pensé en llevármela a mi casa y aprovecharme de su ebriedad, pero ella estaba tan alicorada que era factible que se durmiera en medio del polvo, y yo quería tirármela bien, quería que ella fuera consciente de su disfrute, que me viera a la cara y fuera cómplice del gozo que estaba sintiendo y que estaba generando. Así que desistí de tan maquiavélica idea.

Esa noche, con el recuerdo fresco de la sensación de sus senos entre mis manos, me fue imposible negarme el gusto de saciar mi lascivia por mi cuenta, una y otra vez. Ha de ser la vez que más me he masturbado en mi vida.

La religión, el deporte y la política, son esos tres extraños y complejos mundos los que pueden desatar la pasión irracional de los seres humanos. Hay gente dispuesta a matar en nombre de la religión, el deporte o la política, y esa misma gente puede encontrar y acomodar los pretextos que hagan falta para hacer ver que ese acto era justo y necesario. En este caso, yo sabía que un triunfo deportivo era capaz de despertar ese lado irracional en Sara, y de eso se aferraba mi ilusión por poseerla, de eso sí que podía y debía aprovecharme.

Esa esperada noche del 1 de julio de 2004 por fin llegó. El Once Caldas recibía en Manizales al por entonces encopetado Boca de Carlos Bianchi, y toda Colombia se unía deseando un triunfo del equipo manizaleño. Fue quizá la única vez que hinchas de todos los clubes colombianos quisieron que ganara uno concretamente, como si de la selección se tratase. No pasó igual con Nacional o con Santa Fe en sus triunfos continentales. El título del Once fue algo que festejó toda Colombia.

El recibimiento al Once fue digno del de un finalista de Copa Libertadores. El colorido de las tribunas reflejaba el entusiasmo y la efervescencia de toda una ciudad que esa noche se dio cita en Palogrande y sus alrededores para presenciar la mayor gesta que el pueblo manizaleño haya visto en todos los tiempos.

Pasaron solo siete minutos para que la gente en toda Colombia estallara en júbilo con el recordado zapatazo de Jhon Viafara, con hjueputazo incluido. Las transmisiones de radio manizaleñas se inundaban del tan orgulloso canto “Ay Manizales del alma…”, la gente en la tribuna del Palogrande se miraban los unos a los otros sin poder creer lo que estaba ocurriendo, y el mundo del fútbol quedaba atónito por la inesperada caída de un gigante.

Al momento del gol abracé a Sara, y ella en medio de su emoción me besó, esta vez a la vista de todo el parche, y sin tener como justificante o disculpa los efectos del alcohol, pues hasta entonces no era mucho lo que habíamos bebido.

Ese beso de alguna manera me arruinó el partido, me desconcentró por momentos. Era apenas obvio, estaba incrédulo de lo que había ocurrido, y a la vez a la expectativa por lo que podía ocurrir entre nosotros. Entendía que no debía forzarlo, que lo primero era conocer el desenlace del partido.

Las cosas se torcieron un poco en el arranque de la segunda mitad, pues Burdisso, anticipándose en el cabezazo, iba a conseguir el empate para los argentinos. Y entonces empezó la desconfianza y el nerviosismo entre la afición, rondaban los fantasmas de la supuesta épica y jerarquía de ese Boca, a la vez que los del negativismo tan propio del deporte colombiano. Pero en el partido no iba a pasar mucho más. Ni el Once ni Boca supieron como acechar a su rival y acordaron ir a los penales, donde al parecer Abbondanzieri hacía imbatible a Boca en ese tipo de definiciones.

Pero el que brilló fue Henao, con todo y que era merecedor de pasar por un cambio extremo. Los focos apuntaron a aquel golero de buzo rojo y pantaloneta de fútbol ochentero. Le patearon cuatro penales, no le convirtieron ni uno. Claro que no los atajó todos, pero en el registro queda la estadística de un arco invicto, no su circunstancia.

Suena a que fue sencillo, pero no lo fue. El Once también erró, con el bueno de Valentierra, que era el cerebro de ese equipo; y con Wilmer Ortegón, que con disciplina táctica se afianzó en la defensa de aquel histórico Once Caldas. Los aciertos los lograron dos de los tipos que quizá más afecto despertaban entre la afición. Elkin Soto, hijo de la tierra, manizaleño de pura cepa, del barrio La Sultana: ‘El Sultán’, o el ‘poeta de la zurda’ como lo denominó su padre, Javier Soto, que también jugo en el onceno del ‘blanco blanco’. Y Jorge Agudelo, con su aspecto tan de parroquiano, tan barrial, tan terrenal y a la vez tan heroico para este equipo, pues había sido él quien había sellado el triunfo ante Barcelona en la tanda de penales y quien marcó el gol de la histórica clasificación ante Sao Paulo. La figura sin duda alguna fue Henao, ‘viruña’, como algunos le decían; que le atajó ese penal decisivo a Cángele y logró que se terminara de escribir una página dorada en la épica del deporte colombiano. Todos corrieron a abrazarle: compañeros, cuerpo técnico, prensa, fotógrafos, alcanzapelotas, porristas, familiares, e incluso algún aficionado que se habrá colado al campo de juego.

Colombia entera celebraba a esa hora el icónico triunfo que en algún momento dudó. En Bogotá, en Cali, en Bucaramanga, en Barranquilla, en todo lado, el júbilo era total por un equipo que parecía despertar la simpatía de todos.

En Santa Isabel empezaron a sonar esos estallidos de pólvora tan característicos en el barrio, tan propios de esos días en que uno de los equipos querido en el sector quedaba campeón. En cuestión de minutos el parque principal se llenó de gente que se lanzaba harina unos a otros, bebían y cantaban en honor a Henao, el profe Montoya, y los demás héroes de esta hazaña deportiva.

En el bar, en Juanchito, el ambiente era similar: mucho algarabío, gente saltando, bebiendo y cantando, y especialmente mucho griterío.

Sara y yo volvimos a abrazarnos en ese épico momento en que Henao atajó el penal, los dos sabíamos que estábamos destinados a hacerlo, habíamos compensando la euforia y exaltación de nuestro inconsciente con tocamientos supuestamente involuntarios que poco a poco se nos convirtieron en voluntarios. Y ya con el triunfo escrito y el descontrol colectivo desatado, ni ella ni yo sentimos impedimento alguno para desearnos y para tenernos.

Yo la besé, la agarré fuerte de su cabeza, y abalancé su cara contra la mía. Pero ella rápidamente se detuvo. Me miró a los ojos, me agarró de una mano y empezó a conducirme hacia los baños. Nos encerramos en uno de ellos. Y ahí si nos dimos el gusto de besarnos y manosearnos cuanto nos dio la gana.

Yo estaba extasiado con eso de sentir, de dimensionar sus descomunales senos por sobre la tela de aquella tan recordada camiseta negra del Once. Y mientras yo me regodeaba sintiendo aquellos inmensos pechos entre mis manos, ella no dejaba de restregar su pubis contra el mío. Estábamos aún vestidos, pero su insinuante y repitente movimiento me hizo entender que no íbamos a durar mucho tiempo con nuestras prendas. Yo quería disfrutar el momento, no apurarme, más bien disfrutar cada instante, al fin y al cabo que llevaba un par de años anhelando esto.

Claro que Sara parecía tener más apuro, pues no tardó en sacarse aquel pantalón de sudadera para revelarme que ese día se había puesto una braga blanca en honor al Once, pues según decía ella solo usaba ropa interior oscura, por aquello de la comodidad y las apariencias. Y una vez posó así, semiempelotica, no dudó en acercarse de nuevo a mí para bajar mi pantalón. No hubo tiempo para cariños o felaciones, Sara estaba obsesa por sacarse esa lascivia que la invadía. Tampoco es que hubiese necesidad de felaciones, por lo menos en lo que a mis deseos refiere, pues yo ya traía el pene en posición de ataque desde aquel momento en que nos besamos al finalizar el partido.

Entonces Sara lo frotó un poco contra su vulva, permitiéndole a la vez saber de sus ardores, y tras unos escasos segundos restregando mi sexo contra el suyo, se dio el gusto de ensartarse con mi entusiasta y venosa verga.

Y ahí entendí que esa vagina no era solo de ardores, también de vapores y de sudores, era un compendio exquisito de sensaciones el que le era posible brindar a ese coño, que, por las circunstancias, no había tenido el placer de probar primero con mi lengua.

Sentados sobre aquella encimera, ella empezó a cabalgarme, a menearse suave con mi miembro adentro suyo. Yo seguía acariciando sus tetas todavía recubiertas por esa bella camisa alternativa del nuevo campeón del continente.

Ella rápidamente fue incrementando el ritmo de las sacudidas de sus caderas, y entonces mi pene dejó de menearse entre esa vagina para pasar a enterrarse a profundidad, y sus meneos dejaron de serlo para pasar a ser pequeños brincos. Sus preciosos senos saltaban a la par con ella, se notaba como botaban esas descomunales mamas a pesar de la camisa que les reprimía.

Y fue entonces cuando vino el premio mayor. Ella se sacó su camisa, la revoleó por el aire por unos cuantos segundos, la tiró y dejó por primera vez libres a tan preciosos tesoros para mi contemplación. Eran una exquisitez, blancas, voluminosas, respingonas, de recubrimiento frágil, de pezón rosa y erecto, un poco separada la una de la otra, de relleno completamente natural ¡Así deben tener las tetas las diosas!

Yo quedé embebido, prácticamente tarado viendo tan divinos pechos. Los tomé entre mis manos mientras ella seguía azotando sus caderas contra las mías, y las conduje hacia mi boca. Se las chupé con desenfreno, como queriendo arrancárselas; las estrujé y las palpé cuanto quise. Y cuando Sara me vio más maniático y vicioso, me tiró una frase que me remató: “trátame como tu puta”. Eso me enloqueció.

La tomé entre mis manos, me puse en pie, sin dejar de penetrarla en ningún momento y empecé a follarla de pie en aquel pequeño baño de bar. Le enterraba mi falo con supremo entusiasmo, diría incluso que con rabia, y sus pechos saltaban descontroladamente. Su carita correspondía igualmente esa faena de goce, en su boquita semiabierta y en sus ojitos continuamente cerrados y apretados me revelaba el deleite del que era posesa aquella noche del 1 de julio. No pude resistirlo, estallé en disfrute rápidamente, rellené a Sara cual Viáfara a Boca Juniors. Pero la noche estaba lejos de terminar, a Sara y a mí nos quedaban aún mucha efervescencia por quemar.

Me gustó mucho de ella que no hizo mayor drama cuando le rellené de esperma su malcriado y picarón coño. Asumía que algo así podía pasar cuando se actúa con la cabeza caliente, y era consciente de que esa noche era muy factible que eso ocurriera. Solo me hizo saber del malestar que le daba de pensar que tendría que consumir la pastillita del día después, aunque admitía venía mentalizada con ello, “al fin y al cabo que no será la primera vez que me las tome”, decía.

Nos vestimos y salimos de aquel baño. En el bar seguía reinando el algarabío, pero nuestro grupo de amigos ya no estaba allí. No tardamos mucho en encontrarlos, pues fue solo salir del bar para encontrarlos allí en el parque principal. 

Ellos ni se habían percatado de nuestra ausencia, se habían integrado rápidamente a los festejos con harina y espuma de los demás aficionados. Sara y yo también lo hicimos, aunque solo por un rato, pues parecía que teníamos más deseo de jugar con nuestros genitales que de lanzarnos harina, y sin despedirnos de nadie, tratando de pasar desapercibidos, desaparecimos de aquel parque. Nos fuimos para su casa, que estaba sola aquella noche. Y fue nada más entrar y cerrar la puerta de la casa para de nuevo enfrascarnos en un largo y apasionado beso.

Ella interrumpió el beso, me tomó de la mano y me condujo hacia su cuarto. Subimos tambaleándonos por aquellas escaleras, mientras yo me sentía como aquella presa que llevan para el matadero. Y finalmente fue así, pues copularíamos tanto que los genitales nos iban a quedar en carne viva.

Esta vez Sara se tumbó sobre la cama y me invitó a hacerle lo que me diera la gana, y yo, que venía con ese anhelo reprimido de saborear su coño, no dudé segundo alguno en bajar su pantalón, bajar su braguita blanca, y enterrar mi cara entre aquella vulva tan misteriosa por tanto tiempo, por lo menos para mí.

Al fin la tenía ante mis ojos, la llevaba depilada, como suponiendo que habría visita, estaba al ras, se veía blanquita, ciertamente carnosa, y especialmente apetecible. Me di un auténtico banquete saboreando su clítoris, jugando con este entre mi boca hasta hacerla estremecer, hasta hacerla desahogarse a punta de incontenibles pataleos. No voy a negar que el sabor era fuerte, ligeramente hostigante, pero a mí me sabía a gloria, estaba bebiendo del néctar que solo se sirve al conquistar un continente.

Ella interrumpió mi delicioso banquete tomándome del pelo y jalándome de allí para hacerme poner la cara frente a la suya, y penetrarla una vez más. Yo, sabiéndome afortunado, y entendiéndome como subyugado de la situación, accedí a todas sus pretensiones.

Ese segundo enterramiento de mi humanidad entre sus piernas fue nuevamente sublime. Su coñito estaba empapado, revelando esa ansiedad de ser penetrado. Mi falo se deslizó con suprema facilidad por aquella vivaracha vagina. Me di la licencia de penetrarla con altas dosis de vehemencia, con cierto grado de rudeza, y lo mejor de todo fue que ella, no solo me lo permitió, sino que me alentó, pues cuando me veía reducir el ritmo, empezaba a empujarme para que de nuevo la azotara sin pensar en lo más mínimo en su bienestar.

Sus pechos nuevamente se sacudían alocadamente, era una marea de provocación moviéndose, sacudiéndose sin obedecer patrón o ritmo alguno, eran un puro descontrol.

Me aferré a estos y de nuevo me di el gusto de palparlos, de acariciarlos y de estrujarlos entre mis manos, y eso funcionó como detonante de mi segundo orgasmo de la noche, como si se tratara de apretar un botón, pues fue cuestión de apretarlos y ver la cara que hacía Sara para encontrar de nuevo el climax.

Ella obviamente tenía ganas de seguir, y para no perder ritmo ni tiempo me hizo una mamada que no solo logró que mi pene se rellenara de sangre en cuestión de segundos, sino que me hizo recuperar ese anhelo de lascivia que había parecido haberse esfumado con el orgasmo. Estaba una vez más desatado, con desenfrenado anhelo de disparar y dar en el blanco.

Hice que Sara se pusiese en pie, y a punta de arrimones la fui llevando contra la pared. La arrinconé allí, ella me daba la espalda, se dejaba dominar, como pretendiendo entregarme toda la iniciativa. Ella seguramente esperaba mi penetración, pero yo, una vez que la tuve allí, recostada contra la pared, me agaché y me di el gusto de saborear su coño por segunda vez en la noche. Si bien yo le comía el coño por exclusiva satisfacción de mis deseos, ella no era menos partícipe del deleite de mi lengua paseándose por las carnes de su vulva. ¡Cómo me gustaba sentir los vapores de su vagina cerca de mi cara!

Y cuando por fin me sentí satisfecho del sustancioso sabor de su entrepierna, me puse en pie para penetrarle y así sentir una vez más el ardor de su sexo con el mío. No podía verle a la cara, tampoco veía del todo bien sus descomunales senos. Tenía que conformarme con sus ricos gemidos y con la contemplación de un par de nalgas que nunca fueron motivo de mis fantasías, pero ahora que las tenía cara a cara, las supe apreciar, aun con su carencia de redondez. Me sedujo lo ancho que podía llegar a ser, lo macizo que puede llegar a ser un culo incluso cuando no logra esas dimensiones redondas. Me enloquecía ver las carnes de sus posaderas rebotando con mis empellones.

Sara ocasionalmente giraba su cara, permitiéndome apreciar sus gestos, aunque fuera de forma parcial y momentánea.

De su ojete también me vi tentado, pero supe que era demasiado pronto para pedirle tan atrevida concesión. Entonces me conforme con ver sus pálidas y anchas nalgas sacudiéndose al ritmo de mis embestidas. Dejé caer mi torso sobre su espalda, y estando en esa posición, me di el placer de volver a domarla por las tetas. Me aferré de ellas nuevamente, se las acaricié suavemente desde abajo hasta su pezón; todavía no sé por qué, pero sus pechos se sentían calientes, y a mí esto me fascinó. Me agarré de esos senos para no soltarlos más. Así fue, no los solté hasta que alcancé mi tercer orgasmo de la noche.

Sonará poco o nada creíble para algunos, mientras que otros sabrán que es algo que puede pasar, pero esa noche alcance nueve orgasmos en igual número de coitos. Fue la noche que más forniqué en mi vida. La historia la conocen muchos de mis amigos, pero solo algunos me creen lo de que fueron nueve coitos. Gente de poca fe, si supieran nada más que Jon Dough ostenta un récord de 101 fornicaciones en un día…

Lo cierto es que así fue, nos echamos nueve polvos. Bromeamos con que debieron haber sido once, para hacer homenaje a nuestro campeón de América, pero sinceramente el cuerpo ya no respondía.

No sé cuántos orgasmos habrá tenido Sara aquella noche, pues la conocía tan poco sexualmente que no sabía interpretar sus señas o sus gestos a la hora de alcanzar el clímax. Sé que tuvo por lo menos un par de ellos, pues su gozo y las manifestaciones inconscientes de su cuerpo lo hicieron evidente.

En todo caso a Sara le quedó gustando eso de copular conmigo, por lo menos durante un tiempo. Fueron como tres meses en los que nos bastaba cruzarnos en la calle para anhelar estar fornicando. Fue un celo que se extendió como máximo unos seis meses, incluida aquella madrugada en que el Once cayó ante el Porto en la tande de penales de la Intercontinental, y luego el encanto fue desapareciendo.

Tanto ella como yo follábamos con otros, y ya no nos importaba, sabíamos que habíamos quemado una etapa de amigos que culean, y ahora nuestra amistad podría ser auténticamente amistad. De hecho, lo fue durante muchos años, nos confiábamos nuestros secretos, nos aconsejábamos, nos confesábamos nuestros deseos y temores, gracias a la ausencia de esa tensión que produce el deseo. Aunque luego la vida nos tenía preparados rumbos diferentes que, se quiera o no, siempre terminan distanciando a las personas. Sara hoy es una reconocida conferencista, seguramente alejada del mundo del fútbol, de las barras y de los bares. Hace mucho no charlo con ella, pero se ve que le va bien, bueno, y que todavía tiene ese par de hermosas tetas en su sitio.

 





viernes, 9 de abril de 2021

La profe Luciana (Capítulo XI)

 La profe Luciana


Capítulo XI: "Déjalo que escurra"



Ver su rostro al despertar es verdaderamente satisfactorio. Aunque he de aceptar que al momento de ponerme en pie he sido muy sigiloso. No quería despertar abruptamente a esta fiera insaciable de los placeres de la carne. No podía, en un aspecto espiritual y físico, tener más sexo.

Era la primera vez que no se me pasaba por la cabeza el objetivo de excitarla, no quería que la situación se me fuera a salir de las manos. Estaba agotado, mis labios estaban resecos, la boca me sabía a piel de mujer, encantadora sensación, si se me permite la licencia para la admiración; pero honestamente extrañaba la sensación de estar vestido, dedicándome a otra cosa diferente a copular.

Me sentía como aquel cocainómano cuando se ha esnifado un kilo entero. Necesitaba un descanso, tomar una ducha larga para lavar los rastros de olor, piel y excesos orales que deja una exquisita damisela.

Anhelaba llegar ese domingo a casa para compartir con mi familia, pero especialmente para descansar, para buscar recuperar esa energía que Luciana me había succionado.

Mis adulterios tardaron en suponer un problema con Adriana. Ella jamás se mostró interesada en saber de mis supuestos viajes, reuniones con amigos o demás situaciones que inventé para poderme fugar de casa. Pero luego, la falta de deseo con la que retornaba si significó el inicio de sus sospechas.

Para Adriana era toda una eventualidad que yo me negara a copular con ella, siendo que ese era su papel protagónico, el de estrecha.

Verme ausente de perversiones, carente de líbido y deseo, seguramente le hizo empezar a dilucidar la traición de la que era víctima. Claro que pasaron meses y varios encuentros con Luciana para que Adriana hiciera su primera conjetura. Al comienzo se trató solo de “un mal día” para la intimidad de un matrimonio tradicional. Y así como yo la comprendí en una diversidad de ocasiones, ahora era Adriana la que tenía que lidiar con mi negativa para fornicar.

La noche del Rocamar la recordé para mis adentros como “la de la gran paliza”, pues así me sentí al término de la cátedra de disfrute que me había dado Luciana. Esa noche no solo me significó un desgaste importante de energía y de dinero, sino que a la vez contribuyó para que mi obsesión por Luciana creciera.

Mi cabeza era una tormenta nebulosa. No entendía bien si lo que sentía hacia Luciana era puro y físico deseo, o si había alguna dosis de enamoramiento hacia ella. Lo cierto es que se me hacía difícil pasar el tiempo sin ella. Fantaseaba noche y día con nuestro siguiente encuentro. No solo la extrañaba por el gozo sexual que sabía brindarme, sino por su compañía, por nuestras charlas, por su sonrisa, y por saberla cómplice y partícipe en esta adultera experiencia.

Nuestras conversaciones en Whatsapp se hicieron más recurrentes, y con ellas empezó no solo el intercambio de imágenes subidas de tono, sino la expresión de nuestro deseo a través de la palabra.

“Me gustaría que tú, poquito a poco, me denudases, y que la braguita a bocaditos me quitases”, decía ella en uno de sus mensajes, mientras que yo respondía con algo así como “Llevo soñando con un beso de 25 minutos por tu cuello, con el calor y suavidad de tus brazos reconfortándome para olvidar todas mis preocupaciones, con encontrar el derroche de placer que solo nos brinda el cobijo de la noche”.

Obviamente era cuestión de días para finiquitar nuestro próximo encuentro. Y aunque habíamos planeado una salida para el sábado venidero, la ansiedad nos traicionó y terminamos encontrándonos antes de lo acordado.

Concretamente un miércoles, o más bien a la madrugada del jueves. Fue un encuentro clandestino e improvisado. A los dos nos iba a significar un problema al interior de nuestros hogares, era imposible que nuestra desaparición pasara desapercibida.

Los dos recurrimos al mismo pretexto ante nuestras parejas: “Amorcito, un fuerte dolor abdominal me sacó de la cama. No quise despertarte para no preocuparte, ni a ti ni a los niños. Me fui al hospital esperando que no fuese nada grave, afortunadamente no fue nada más allá que una indigestión severa, que, con mis antecedentes de reflujo, me hizo pasar un rato para el olvido. El médico me dijo que no debía preocuparme, aunque si me recomendó mejorar mis hábitos alimenticios, así como el horario en el que ceno…”, esa fue la trola que le conté a mi mujer para justificar mi anómala desaparición nocturna. Con Luciana lo charlamos y preparamos bien el embuste, pues en su casa ella diría lo mismo, con más o menos matices.

Esa madrugada de jueves, fría y llena de niebla, me encontró de nuevo ávido por oler, saborear y sentir el coño de Luciana, esa vagina que ha sido concebida para un tipo específico de degenerados como yo.

La academia fue el lugar de nuestro encuentro. Era ideal. A esa hora no habría un alma en el lugar ni sus alrededores, sus pisos en madera nos facilitarían asimilar el frío del ambiente, los espejos en las paredes nos permitirían vernos fornicar obsesamente, como aquella noche en el Rocamar. Y algo esencial era que de por sí, este lugar era el templo de Luciana. Era allí donde día a día expresaba su deseo y su sentir a través de los contoneos de su cuerpo.

El tiempo era de alguna forma limitado, los dos teníamos que volver a casa sin que nuestras familias fuesen a sospechar nada. Sin embargo, eso no fue impedimento para que Luciana se tomara el tiempo necesario para deleitarme con uno de sus calientes bailes.

Luciana jugaba de local en ese lugar, conocía cada rincón, cada espacio; sabía hacia dónde mirar, cómo moverse, cómo sacar provecho a ese escenario que era su fortín de la sensualidad.



Antes de empezar, Luciana se cambió. Ese blanco y angelical cuerpo quedó cubierto nada más por una tanga, un diminuto bralette y unas largas medias que subían casi hasta sus caderas.

Aunque corta fue su presentación, fue suficiente para ponerme al borde de la demencia, me dejó hecho un auténtico sátiro. Verla estrellar sus ostentosas nalgas contra el suelo, verle esas carnes temblorosas a cada sacudida, esos gestos insinuantes, ese rostro seductor y lujurioso. Eso sí que podía sacarme de quicio.



Verla allí tumbada en el suelo, levantar sus piernas y abrirlas lo suficiente para permitirme dilucidar ese coño aún resguardado bajo esa tanga oscura. Observarla allí simulando una feroz cabalgata; verla allí vislumbrando lo que minutos después haría conmigo. Por cosas así vale la pena poner en juego cualquier matrimonio, especialmente uno agonizante como el mío.

Y ni se diga del momento aquel en que empezó a despojarse de su ya limitado vestuario. Que exquisitez ver de nuevo esas carnes blancas de apariencia suave, apreciar una vez más esos bellos senos de pezón rosa, ese coño siempre pulposo y suculento.

Me quité la ropa con cierto desespero, Lleno de la torpeza típica que se apodera de aquel que se deja superar por la ansiedad. Tanto así que ni siquiera pude terminar de desvestirme.

Solo supe que era hora de acercarme a ella y sumergirme una vez más en su entrepierna, aquella de ese sabor tan peculiar, de ese gusto tan a ella.

A esa altura de nuestra aventura fornicaria, el disfrute del sexo oral era mutuo. Yo deliraba por sentir las carnes de su vulva y su vagina con mi lengua, mientras que ella estaba siempre deseosa de recibir una buena mamada. Comprendí entonces que era un arte que se me daba bien, seguramente porque disfrutaba al hacerlo.

Me encantaba esa sensación de ardor creciente de su coño contra mi cara, al igual que amaba el momento aquel en que empezaba a inundarse de humedades su entrepierna.

Lastimosamente el tiempo era limitado, así que no dediqué todo el tiempo debido a la complacencia de su sexo con mi lengua. Era una tarea que quedaba pendiente para nuestro próximo encuentro. Es más, al terminar ese coito, y de regreso a casa, me plantee que en una próxima ocasión tendría que hacer llegar al orgasmo a Luciana con solo mis caricias, mi lengua y mi boca. Pero no podía ser uno cualquiera, tenía que ser un orgasmo ejemplar, uno digno de rememorar, nos lo debíamos.

Luciana me invitó a dejarme caer en el suelo, y una vez me tuvo allí tendido, se subió en la que por entonces era su atracción favorita: mi falo. Lo deslizó en su interior con completa naturalidad.

Y una vez mi miembro incursionó en sus carnes, su rostro lo fue reflejando con dicientes gestos de satisfacción. Ver esos ojitos desorbitados y su mordida apretada, eran la dosis ideal de provocación que requería un corrompido como yo.

Esa sensación de agarrarla de las nalgas para dirigir el movimiento de sus caderas, para azotar mi pelvis con sus carnes, es algo de lo que hoy todavía no logro olvidarme. Ni quiero hacerlo.

Esa idílica madrugada de jueves Luciana estaba supremamente cachonda. Sus gestos, su risa enfermiza y el inagotable ardor de su coño me lo confirmaron. Ella no tardó en dejar su torso caer sobre el mío. Me facilitó la entrada de sus hermosos senos en mi boca, y quizá fue esta la vez que más me apasioné chupándolos, mordiéndolos y succionándolos.

Luego Luciana se puso en pie por un instante, se quedó mirándome, y luego me invitó a “darle tan duro como pudiese”. Acto seguido se agachó, se puso en cuatro y esperó por mí.

No podía decepcionarle. Conduje mi pene entre su coño, la agarré fuerte de las caderas, casi que enterrándole las uñas, y empecé a penetrarla a profundidad.

En un comienzo ella me retó “¿Eso es todo lo que tienes?”, pero a medida que fueron pasando los minutos, me fui sintiendo cada vez más cómodo embistiéndola con brutalidad. Ella dejó los insultos y los retos a un lado, y empezó a alentarme para que la fornicara sin reparo alguno.

Me encarnicé, le azoté sus pulposas nalgas con mis manos. Lo hice con la sevicia suficiente para complacerme el capricho de verlas coloradas. Arremetía contra su culo con toda la fuerza que me permitía el movimiento de mi pelvis, era poseso del más cavernario de los instintos.

Luciana apoyó su cabeza contra el suelo, mientras sus piernas permanecían aún abiertas para permitirme la entrada, Sonorizaba la escena con sus constantes gemidos, que adquirieron mayor notoriedad por el eco que allí se formaba.

El hecho de verla retorcerse del gusto, de verle sus piernas temblorosas, su entrepierna sudada, de saberla descontrolada y gocetas; desencadenaron mi estallido de gozo, que esa noche estuvo acompañado por una frase que posiblemente nunca olvidaré. “No lo saques todavía, déjalo que escurra”, dijo Luciana cuando me vio dispuesto a retirar mi pene de su interior. Me pareció tan sucia la forma en que lo dijo y tan morbosa su expresión, que me sentí en la necesidad de hacerle un capítulo.

Capítulo XII: El viacrucis de Luis Gabriel


Una indigestión severa… ¡Qué ingenua que podía ser Adriana! Aunque más lo era el marido de Luciana, ese sí que era un crédulo digno de sufrir todo lo que ella le hacía...



jueves, 8 de abril de 2021

Follé con mi novia, su madre y sus hermanas (Capítulo VII)

 Follé con mi novia, su madre y sus hermanas


Capítulo VII: Fantasía cumplida, sueños destrozados




El paseo terminó siendo tan espectacular como me lo esperaba, incluso más, no solo porque me di el lujo de probar la hasta entonces enigmática vagina de Karla, sino porque di rienda suelta a mi obsesiva pasión por fornicar con Majo en sitios públicos.

Regresamos ciertamente agotados, o por lo menos yo, sintiendo que no quedaba en mi gota de semen, que todo había sido disparado en el sensual vientre de mi novia delgada y veinteañera.

Pero la lascivia reapareció en mí con el paso de los días, y esta vez acompañada de una obsesión: de un deseo que se hizo incontenible, que adquirió en mi mente el carácter de innegociable e irrenunciable: follar con todas las féminas de esta familia.

La tarea estaba prácticamente hecha, solo me faltaba Mariajosé, la sensual madura a la que alguien como yo debía hacerle un monumento, pues se había atrevido a parir a cuatro de las responsables de mis más exquisitos orgasmos ¿Y qué homenaje podía ser mejor que el de penetrarla?

Me obsesioné con eso, con encontrar la manera de follar con ella. Pero no iba a ser fácil, no iba a ser sencillo que esta mujer aceptara fornicar con su proyecto de yerno.

Era de alguna manera diferente a lo ocurrido hasta ahora con las demás mujeres de esta familia. Con Esperanza se dio porque ella presionó para que se diera así, llegando a chantajearme en búsqueda de su silencio. Con Laura fue al contrario, fui yo quien la sometió a chantajes, los cuales nunca estuvo dispuesta a revelar porque habría puesto en juego su matrimonio y posiblemente su relación con Majo. Lo de Karla fue algo extraño, quizá un calentón puntual del cual ella no pretendía hablar públicamente jamás.

Pero con Mariajosé todo parecía distinto, pues una simple insinuación de mi parte podía ser suficiente detonante para que ella advirtiera a Majo de mi pérfido comportamiento.

Sin embargo, yo no estaba dispuesto a resignarme. Sentía que debía cumplir ese anhelo sí o sí. No contemplaba terminar mi existencia en este mundo sin haber probado las carnes tentadoras de este clan de mujeres delgadas.

Y si bien pasé noches enteras maquinando la forma de conseguir mi cometido, nunca conseguir plasmar un plan verdaderamente confiable y apegado a la realidad.

Afortunadamente para mí, esa anhelada fornicación iba a llegar, de forma imprevista, pero iba a terminar dándose.

Ocurrió una noche, entre semana, en la que fui a visitar a Majo a su apartamento. Decidí llegar sin avisar, para darle una sorpresa, luego de un día seguramente estresante.

Pero la sorpresa me la llevé yo. Cuando llegué, Mariajosé me dijo que Majo estaba muy enferma, que estaba en cama con fiebre y escalofríos. Le pedí dejarme entrar a saludarla, y una vez allí me ofrecí para ayudarle a cuidar a mi bella y frágil Majo. Mariajosé aceptó mi ayuda sin titubear, me alcanzó una toalla humedecida y me pidió frotarla suavemente por el bello rostro de mi novia.

Majo no quise verse vulnerable ante mí, y aparentó en más de una ocasión estar mejor de lo que su cara evidenciaba. Yo acariciaba su cabello, también sus mejillas, y le daba besitos en la frente tratando de conseguir su tranquilidad. Majo se quedó dormida mientras mis dedos acariciaban su pelo a la vez que me sujetaba mi otra mano. No había nadie más en casa esa noche, y una vez vi a Majo profunda, supe que era ahora o nunca, había llegado la hora de cumplir la más grande de mis fantasías.

Me retiré del cuarto sigilosamente, cerré la puerta, y de nuevo caminé sigilosamente mientras buscaba a Mariajosé. Estaba en la cocina, distraída, ensimismada cocinando algo.

La aceché tras el marco de la puerta, ella no había notado mi presencia, y yo pretendía que siguiera siendo así, por lo menos por unos instantes.

No tenía planeado, y sabía que, si no se me había ocurrido a lo largo de estos meses, mucho menos se me iba a ocurrir en ese instante. Lo único que se me vino en mente fue asaltarla.

Así fue. Entré silenciosamente a la cocina, me situé tras ella, y en un rápido movimiento tapé su boca con una de mis manos. Con mi otra mano empecé a acariciar de inmediato sus senos, todavía sobre su camisa.

Eran de un tamaño considerable, blandos y aparentemente caídos, aunque era comprensible que fuese así, pues haber amamantado a cuatro hijas seguramente trae consecuencias como esas.

Ella barbotaba, no se le entendía muy bien con mi mano sobre su boca. Pero verla así, presa de la ira, de la desesperación y del asombro, solo lograba excitarme más.

Fui atrevido desde un comienzo, no solo agarrándole sus senos, sino estrujándolos, magullándolos. También me di la licencia de manosearle el culo a mi antojo.

Mariajosé llevaba puesta su pijama, lo que facilitó las sensaciones, pues la delgada tela no era barrera suficiente para el tacto de sus carnes que, inconscientemente iban entrando en una espiral de ardor.

Sus nalgas no eran macizas, ni de una redondez ejemplar, es más, estaban ciertamente flácidas y celulíticas, pero tenían el morbo de ser las nalgas de la madre de mi novia. Qué festín que me di sintiéndolas a la vez que la besaba por el cuello.

Ella buscó resistirse por un buen rato, pero aquello de besarla por el cuello fue un acierto, pues fue con esta acción que ella bajó sus defensas, disminuyó su hostilidad, y al final terminó entregándose a una fornicación prohibida en cualquiera de los manuales familiares.

Tras una larga lucha, Mariajosé dejó caer sus manos sobre la encimera de la cocina. Ya no le interesaba tratar de quitar mi mano de su boca, o alejar mi cuerpo del suyo. Mi miembro erecto se recargaba contra sus nalgas, aunque todavía los dos seguíamos bajo el resguardo de nuestras prendas.

Pero no iba a pasar mucho tiempo para que esto dejara de ser así. Bajé el pantaloncito de su pijama de un tirón, y acto seguido me agaché y enterré mi rostro entre sus muslos.

Su vagina no era atractiva a la vista, o por lo menos no para el común de los gustos. Estaba sin depilar, sus labios le colgaban, eran más que notorios, pero yo estaba tan obseso con esta mujer, que poco y nada me importó meterlos en mi boca, saborearlos, deleitarme, y especialmente asegurarme de provocarle el placer suficiente para que le fuese imposible arrepentirse a mitad de camino de esta relación prohibida.

Tampoco fue que yo le dedicara mucho tiempo al sexo oral, solo el suficiente para advertir la humedad de su veterano coño. Una vez sentí ese ardor creciente, esa humedad notoria, me puse en pie, desabroché mi pantalón, lo dejé caer un poco, más o menos hasta la altura de mis rodillas, y acto seguido le introduje mi miembro a fondo.

Fue simplemente exquisito eso de sentir mi pene enterrándose entre sus piernas, escucharle ese primer gemido, verla recostar su cabeza hacia atrás en un gesto de completa sumisión.

No hubo nunca delicadeza por mi parte, siempre pretendí penetrarla de forma brutal. A todo momento fueron empellones que buscaban enterrarme en ella a más no poder.

La sonoridad de sus gemidos fue en aumento rápidamente, por lo que mi mano volvió a situarse en su boca.

Mariajosé era de contextura delgada, como sus hijas, pero seguramente el paso de los años y la ralentización de su metabolismo le hizo perder esa magra figura. Al penetrarla con vehemencia no podía sentir los huesos de su pelvis lastimándome, como si me ocurría habitualmente con Majo.

Claro que yo no podía dejar pasar esta oportunidad sin penetrarla a la vez que la veía a los ojos. Así que le di vuelta, la subí en la encimera, y le volví a penetrar su descolgada vagina.

El ardor de su coño peludo era una sensación placentera, pero lo era todavía más el hecho de poder ver su cara de viciosa. Sus dientes apretados, dejando escapar suspiros y gemidos, sus ojos maliciosos clavados en los míos, su boca ocasionalmente abierta, dejando escapar quejidos que eran ahogados con mis besos.

Confieso que a Mariajosé la follé como a una vulgar puta. La penetré con cierta belicosidad, sin importarme en lo más mínimo el bienestar de sus paredes vaginales. Me apasioné escuchando nuestros cuerpos chocar y especialmente contemplando sus gestos de cincuentona calentorra ¡Qué golfa resultó ser la madre de mi bella Majo!

No tardé mucho en estallar de placer, en descargar mi esperma al interior de su caliente y desgastado coño. Ella permaneció durante unos segundos más sentada allí sobre la encimera, con la respiración agitada, y con un notorio gesto de incredulidad.

Me vestí rápidamente y le advertí que no debía soltar ni una sola palabra de esto, pues de lo contrario podría afectar psicológicamente a su frágil hija.

Lastimosamente para mí, esa advertencia, con visos de amenaza, resultó insuficiente para la debacle. Mariajosé optó por contarle a Majo lo ocurrido, y a pesar de que ella parecía negarse a creerlo, no podía asumir como falso el hecho de que su madre le contara que yo le había forzado. Obviamente esto precipitó el fin de nuestra relación, y a pesar de que yo luché por recuperarla, no hubo manera de que eso ocurriera.

Podría decir que me doy por bien servido al haber cumplido mi fantasía de fornicar con las cinco mujeres de esta familia, pero eso no se equipara con lo que perdí, mi bella Majo. Extraño todo de ella, su dulce forma de ser, su emotividad para asumir el día a día, su suave y delicada piel, sus bellos y expresivos ojos, pero especialmente lo que más extraño de ella es su forma de culear; esa fogosidad que la alentaba a sostener relaciones en cualquier lugar, público o privado, esa insaciable forma de ser que la llevaba a copular sin descanso a lo largo de una noche, el estrangulamiento al que sometía su estrecha vagina a mi pene, lo pervertida que se ponía bajo el efecto de los porros, sus besos profundos capaces de provocar orgasmos. Eso lo perdí para siempre, y hoy, a pesar de que han pasado unos cuantos años, la sigo extrañando como el mismo día que me dejó.

  

 



viernes, 2 de abril de 2021

La profe Luciana (Capítulo X)

 La profe Luciana


Capítulo X: Derrota en el embalaje



Antes de continuar, Luciana me ofreció tomarnos un descanso. Pedimos una botella de vino a la habitación y una vez nos la entregaron, la consumimos en la pequeña sala, acompañada con un cigarrito de cannabis, que obviamente tuvo a Luciana a cargo de su armado. Ella lucía algo despeinada, quizá un poco colorada, pero en líneas generales no aparentaba el desgaste que se supone causa el más exigente de los ejercicios. Yo, a diferencia, me sentía ciertamente agotado. Estaba recubierto de sudor, de lo que, en su momento, y para darme valor, catalogué como ‘las perlas del guerrero’.

Claro que aún me quedaban reservas en el tanque. Es más, así me sintiera al borde del colapso, estaba dispuesto a entregar más de lo necesario por amanecer fornicando con esta diosa de los placeres de la carne. Pero con el paso de las horas y del frote de mi cuerpo con el suyo, fui entendiendo que iba a ser imposible ponerme a la par.

Luciana entró de nuevo a la habitación, mientras que yo permanecí por unos instantes más en la sala, mientras terminaba el porro y mientras me mentalizaba para disfrutar y sacar provecho de la hasta entonces mejor noche de mi existencia.

Cuando entré no la encontré en la habitación sino en el baño. Allí estaba ella, mirándose su hermosa silueta ante el espejo, contemplando su divinidad antes de tomar una ducha.

Le pedí que me regalara una foto de ese instante, que posara para mí y me permitiera tener un recuerdo de esa noche. Ella posó, me regaló esa bonita postal y entró a la ducha.

Teniendo su cuerpo humectado por el agua, sus poros abiertos por el vapor que invadió el ambiente, y su generoso culo apoyado contra las frías baldosas, me invitó a ducharme con ella.

Luciana se mantuvo recostada en las baldosas, exponiendo sus senos, su abdomen, su vagina, sus piernas y su rostro para mi completo deleite. Decidí entonces agacharme y saborearle su entrepierna una vez más. Ella lo merecía. Aparte esto era una forma de ganar tiempo para recuperar algo de la líbido que se me había ido minutos atrás entre sus nalgas.

Claro que el agua que bajaba por su torso y por su entrepierna terminó distorsionado el exquisito sabor de sus fluidos. No fue una extensa incursión de mi lengua entre su coño, pero fue suficiente para hacerle encender motores, para provocar de nuevo el ardor de esa vagina que parecía insaciable.

Me puse en pie, de nuevo cara a cara con la bella Luciana. Mirarla directamente al rostro era toda una fruición, era una experiencia mística perderse en la profundidad de sus hermosos y oscuros ojos; era una exquisitez contemplar esos labios húmedos y tentadores, y era especialmente reconfortante encontrar complicidad y perversión en cada uno de sus gestos.

Antes de penetrarla por enésima vez en la noche, lancé mi mano hacia su vulva, para experimentar de nuevo sus ardores en mis manos, para constatar que estuviera lista para la acción. Acto seguido conduje mi pene con mi otra mano hacia su entrepierna.

Se nos dificultó un poco el coito por la humedad del suelo, pues fueron varios los conatos de caída, aunque siempre logramos mantener el equilibrio.

A esta altura de la noche no hubo contemplación o delicadeza alguna. Mi penetración fue profunda y sin ningún tipo de miramiento. Claro que yo ya no contaba con la misma energía que en un comienzo, el cansancio me invadía, y esto se iba a manifestar minutos después con calambres en mis piernas.

Pero allí seguí yo, soportando como un auténtico campeón de los fornicarios, exigiendo a mi cuerpo a algo para lo que no estaba preparado.

Este coito fue sumamente extenso, pues sinceramente tuve cierto tipo de dificultad para llegar al orgasmo. Pero Luciana no llegó a fastidiarse jamás por ello, es más, expresó su disfrute a cada instante. No tuvo reclamos o reparos hacia mí por el exceso de frote entre mi pene y las carnes vivas de su concha.

Tan largo fue que me di la oportunidad de reflexionar en medio del polvo. Me puse a pensar en lo maravilloso que habría sido encontrarme a Luciana 15 años atrás. No solo por conocer una versión mucho más joven de ella, sino por haber puesto a prueba mi fogosidad en el máximo de su esplendor. Claro que habría sido algo que habría jugado en doble sentido, pues seguramente Luciana en su juventud había sido muchísimo más activa de lo que era ahora.

Luciana, evidenciando algo de cansancio por estar allí de pie, me invitó a cogerla en cuatro. Seguimos allí, bajo el inclemente chorro de agua, pero ahora en esta posición que tanta fascinación me causaba; ver ese descomunal culo era un gozo en todo el sentido de la palabra.

En esta ocasión me di el lujo de azotarle esa magistral par de nalgas. Lo hice con toda la desfachatez del caso, sin importarme nada. Tanto así que no me detuve hasta que las dejé del todo coloradas. Luciana acompañó mis azotes con estruendosos gritos, y fue esto lo que logró llevarme al éxtasis por tercera vez en la velada.

Mi agotamiento era evidente. Admití, a esa altura de la noche, que no iba a poder cumplir con el reto que me había impuesto antes de llegar el motel, aquel de causarle tanto placer como el que ella me provocaría a mí.

Claro que tampoco podía darse por mal servida, pues con esos tres polvos le había generado el gozo que posiblemente no conseguía en casa a lo largo de todo un año. La había visto retorcerse del gusto, había sentido las contracciones de su culo y los espasmos de sus piernas sobre mí, había sido testigo de sus fluidos escapando de su entrepierna, había sido un espectador de lujo de los ardores de su coño. Pero con todo y eso iba a ser imposible que Luciana sintiera todo el placer que ella me había hecho sentir a mí.

Salimos de la ducha, secamos nuestros cuerpos, y nos sentamos de nuevo a beber un poco más de vino, a rellenar el silencio con una charla sensata entre dos adultos que entendían como un fracaso sus matrimonios.

Luciana me preguntó si estaba listo para una nueva cópula, a lo que le respondí con completa sinceridad, admitiendo mi absoluto agotamiento. Pero ella no aceptaría un no como respuesta. “Déjame, ya vas a ver como yo te reanimo”, dijo ella antes de tomarme de la mano y llevarme a la cama.

Me tumbó allí, y empezó a acariciar mi pene, comenzó a masturbarme, a mirarme con esa picardía tan propia de su ser mientras agitaba mi convaleciente miembro entre sus manos. Se ayudó de su coqueta lengua y de sus hermosos labios, y lo consiguió, de nuevo tuvo a mi pene listo para ingresar una vez más en su ser.

Ese fue un coito que comandó Luciana de principio a fin, me montó y me cabalgó hasta sentirse satisfecha, y obviamente hasta verme doblar de placer una vez más en la noche.

No sabía qué hora era, ni me importaba. De hecho, lo único relevante para mí a esa hora era descansar. Por fin vi a esta máquina sexual encontrar el sueño. Fue todo un alivio, pues mantenerle el paso a esta ninfómana era como disputarle un embalaje a Peter Sagan.

Amanecimos en el Rocamar, lo que nos significó pagar el doble de la tarifa, pues cuando se excede la estancia de seis horas cuenta como un nuevo servicio. De todas formas, no me arrepiento en lo más mínimo por lo que me costó nuestra estancia allí, mucho menos al amanecer junto a ella y verle esa sonrisa de complacencia y de satisfacción.

Capítulo XI: “Déjalo que escurra”

Ver su rostro al despertar es verdaderamente satisfactorio. Aunque he de aceptar que al momento de ponerme en pie he sido muy sigiloso. No quería despertar abruptamente a esta fiera insaciable de los placeres de la carne. No podía, en un aspecto espiritual y físico, tener más sexo...



jueves, 1 de abril de 2021

Folle con mi novia su madre sus hermanas (Capítulo VI)

 Folle con mi novia su madre sus hermanas


Capítulo VI: La esbelta lujuria



Una vez que retorné a la playa me senté junto a Majo, y continué compartiendo risas y anécdotas con la familia. Mi mente aún era posesa de la imagen de Karla fornicando desenfrenada con el novio de Esperanza. Ahora me sentía de alguna manera desilusionado, vacío, pues entendía que no había aprovechado mi oportunidad para follarla como se debe.

“¿Te pasa algo?”, preguntó mi bella Majo al verme absorto. Contesté negativamente y traté de integrarme a la conversación, aunque posiblemente mi gesto no cambió, pues la incredulidad y, en cierta medida, el arrepentimiento se apoderó de mí.

Camilo llegó unos minutos después, con un gesto de dicha que no le cabía en su cara. Le envidié. No podía creer la fortuna que había tenido este mocoso, pues le había pegado su buena culeada a la mujer más provocativa de este grupo familiar.

El sol empezó a esconderse en el horizonte, y con el anochecer llegó el esperado momento para Majo y para mí. Todos partieron a la cabaña, mientras que nosotros nos negamos a ir, aduciendo querer compartir un rato en soledad en la playa.

Caminamos a la orilla del mar, que a esa hora no solo se torna más agresivo, sino que baja notoriamente su temperatura. Caminamos por un largo rato, hasta llegar a un viejo muelle alejado de cualquier vestigio de civilización.

La extensa caminata nos dio la oportunidad de fumar el porro con total tranquilidad. Los dos quedamos ensimismados por un considerable puñado de minutos. Yo pensaba en lo mucho que disfrutaba de caminar de la mano con mi bella Majo por la playa, reflexionaba sobre lo que le quería a esa altura de la relación. Para ese momento había logrado alejar esa sensación de vació que me había quedado al ver a Karla penetrada por el puberto novio de Esperanza.

No supe en qué pensaba Majo, ni se lo quise preguntar, pues la vi tan tranquila y relajada, que quise disfrutar de su sosiego, contemplar sus bellos ojos verdes en medio del sonido de las olas al romperse.

Claro que ese estado idílico duró tanto como nuestro silencio, porque una vez lo rompimos, lo que llegó fue una vorágine de deseo.

Es que Majo no era solo un rostro bello, era una flaca que a mí me desquiciaba. Sus muslitos de codorniz me enloquecían, me parecía tan vulnerable, tan delicada; su abdomen plano y relativamente tonificado me obsesionaba, pero lo que más me calentaba de ella era su actitud, tan entregada, tan puta, tan mía.

Nos metimos bajo el muelle y empezamos a besarnos allí, en el suelo, revolcándonos en la arena. La oscuridad era casi total, apenas resaltaban sus lindos ojos. Pero, aun así, sin vernos, solo sintiendo nuestras carnes calientes y sudorosas, palpándolas con nuestras manos, logramos evocar el desenfreno que sentía el uno por el otro.

Claro que estar completamente a oscuras en un lugar tan inhóspito terminó ahuyentándonos de alguna manera, así que minutos después salimos de ese sitio y de nuevo pudimos vernos a la cara, esta vez ayudados por la luz que emiten la luna y las estrellas.

Me arrodillé, como quien pretende hacer una propuesta, pero en vez de tomar su mano, tomé su bikini y lo aparté a un lado. ¡Qué exquisita era esa vagina estrecha!

Recuerdo que cuando empezamos a salir y echamos nuestros primeros polvos, me costaba mucho contenerme, pues el solo sentir los músculos de su vagina contrayéndose sobre y contra mi pene, era motivo suficiente para encontrar el éxtasis. Fueron coitos difíciles de sobrellevar para mí, pues tuve que contenerme en más de una ocasión para no terminar antes de tiempo y desilusionar a Majo.

Fue algo que fui entrenando, y prácticamente sin quererlo me convertí en un verdadero campeón de la resistencia. Sentía para ese entonces que podía aguantar fornicando tanto como quisiera. Bueno no, no tanto como yo quisiera, había una combinación que inevitable me haría estallar de gozo. Sentir mi pene abrazado por la vagina de Majo, más el sostenimiento de mi mirada en la suya, más sus uñas clavándose y deslizándose por mi espalda, era una combinación destinada a hacerme tocar el cielo con el glande.

Majo se mantuvo de pie, sintiendo mi lengua pasearse tímidamente por su coño. Sus suspiros aparecieron y fueron acompañando el sonido de las olas, Eran un deleite esos profundos suspiros, pero estaban lejos de ser la expresión sonora más diciente de Majo. No se comparaban a esos gemidos cortos de su ronca voz. ¡Cómo me gustaba hacer gozar a esta flaca y hacerla delirar!

Me puse en pie, y con mi boca aún cubierta por sus fluidos, me atreví a besarla, a sumergirme en un beso profundo, lento, de esos que tanto nos gustaban a los dos. Beso que ambos acompañamos con el desenfreno de nuestras manos en cuerpo ajeno. Ella era una adicta a palparme los pectorales y a sujetarme de los testículos, mientras que yo me enviciaba agarrando su pequeño pero muy redondo trasero.

Hoy no tengo más a Majo a mi lado, y es algo de lo que me arrepiento y posiblemente me siga arrepintiendo, pero no por lo mucho que pude amarla, que valga mencionar fue bastante, sino por privarme de la posibilidad de poseer ese cuerpo delgado y lujurioso por el resto de mis días.

Es que el sexo con Majo no es como con cualquier otra. Y no lo digo solamente por lo impúdica y buscona que era, o por lo mucho que disfrutaba siendo una puerca en la cama, más bien lo digo por la sensación que generaba penetrar ese cuerpo ícono del infrapeso. Hundir el miembro viril en una vagina como la de Majo tiene la particularidad de sentirse como profanar un culo. Claro está, con la salvedad de que su coño se humedece a más no poder, lo que facilita en cierta medida la entrada. Por lo demás es igual, hay que ir poco a poco, como quien se encuentra en un trabajo exploratorio; deleitándose segundo a segundo con la contracción de sus músculos sobre el intruso, y una vez que lo has metido todo, quieres meterle más, así no tengas más; empujar y empujar, como queriendo traspasarla. Es una conchita destinada a desquiciar a quien la posee, y especialmente concebida para enviciar.

Allí, sobre la arena, y ya de algún modo trastornados por el hambre de placer, penetré a Majo, contemplando su rostro, viéndola apretar su mordida, su nariz arrugarse, viendo sus ojos encandilarse de lujuria.

Esta vez nos dimos el gusto de juntar nuestros sexos y nuestras almas allí, tumbados en la hostilidad de la arena, en medio de la oscuridad cómplice de la playa.

Claro que llegó un momento en que Majo quiso variar de posición, pues la arena le estaba raspando las nalgas. Se apoyó sobre sus rodillas y con una mirada lujuriosa me invitó a penetrarla de nuevo.

Majo enrolló sus manos tras mi cabeza, giró levemente su cara y empezamos a besarnos. El transitar de mi pene en su humanidad era despacioso, por lo menos en un comienzo. Luego nuestros labios se separaron, sus gemidos se dispersaron por toda la playa, pues Majo se sintió en libertad de expresarse a su antojo, al fin y al cabo no había nadie en los alrededores.

Estiró un poco su cuello, como invitándome a besarle allí. Así lo hice. Y mientras tanto ella me motivaba soltando algunas frases de su repertorio de lujurias. “Soy tu perrita”, “duro, duro, duro”, “dale, dale” “¡Viólame!”, ”¿Quién es tu puta?”, entre otras tantas de su creciente recopilación.

Pero hubo algo que funcionó como detonante del orgasmo. Majo me pidió detenerme por un instante pues quería ir a orinar. “Orínate aquí, orínate encima de mí”, le dije mientras le miraba obscenamente. Ella inicialmente se resistió, pero al ver que yo no iba a detenerme, se dejó llevar. Y fue en ese momento, justo cuando sentí sus fluidos correr por mi pubis y bajar por mis piernas, que no aguanté más. Retiré mi falo de ella, para soltarle la esperma sobre sus nalgas. Luego jugué a esparcirla con mis dedos, a restregarle mi semen por todas sus nalgas y por parte de su espalda.

Como todavía no se nos pasaba el colocón del porro, y nuestros rostros podían delatarnos ante su familia, decidimos dar otro paseo por la playa, y como el tiempo y las circunstancias se prestaron para ello, terminamos follando una vez más. Esta vez por el lado de los matorrales, al interior del complejo turístico, que ya nos habían servido alguna vez como guarida para el desenfreno de nuestros deseos carnales.

Capítulo VII: Fantasía cumplida, sueños destrozados


El paseo terminó siendo tan espectacular como me lo esperaba, incluso más, no solo porque me di el lujo de probar la hasta entonces enigmática vagina de Karla, sino porque di rienda suelta a mi obsesiva pasión por fornicar con Majo en sitios públicos...



La Profe Luciana (Capítulo XXI)

 La Profe Luciana Capítulo XXI: Un baile de Luciana Era inevitable e irreparable. Esa sensación de oquedad, de orfandad, esa congoja que me ...