jueves, 18 de febrero de 2021

Follé con mi novia, su madre y sus hermanas (Capítulo I)

 Follé con mi novia, su madre y sus hermanas



Capítulo I: Calenturas de una chica delgada


Una tarde como cualquier otra decidí pasarme por el apartamento de Majo, mi novia de ese entonces. De camino le compré unas flores y una botella de vino. Planeaba llegar de sorpresa y pasar una tarde, y quizás noche, tranquila en su apartamento. 

 

Cuando empezamos a salir, los dos teníamos 20 años. El primer año de relación fue algo de lo habitual, mucho cariño y amor en un principio, y luego peleas ocasionales, pero sin perder nunca la pasión por el otro. Debo confesarles la verdad, Majo no era la mujer más atractiva que existe, ni está, ni estará cerca de serlo. Su cara es preciosa, muy finita, de ojos grandes y de un verde intenso, como la morralla de la esmeralda. Una nariz elegante, fina, como mandada a tallar; sus labios no eran ni gruesos ni delgados, estaban en un punto medio en lo que refiere al tamaño, pero siempre lucían de un hermoso color rosa, además de dar esa sensación de constante humedad. Su sonrisa era el complemento ideal a esa boca provocativa, era sencillamente perfecta. Su pelo era largo, negro, (ocasionalmente teñido de rubio) habitualmente liso y sedoso, contrastaba perfectamente con su blanco y elegante rostro. 

 

Hasta ahí todo perfecto con su apariencia, pero solo bastaba con bajar un poco la mirada para decepcionarse. Majo era excesivamente delgada, difícilmente superaría los 40, o como mucho, los 42 kilos. Sus senos eran dos pequeñas pelotitas decoradas a la perfección con esos pezones rosas, sinceramente casi inexistentes.

 

Por su extrema delgadez su cintura era casi imperceptible. A esto ha de sumarse que sus caderas no eran generosas en tamaño, lo que hacía resaltar todavía menos la curvatura de su cintura. Su abdomen era plano y marcado, el mejor atributo de todo su cuerpo, sin duda alguna.

 

Sus piernas eran dos delgados tubos que para muchos de mis amigos solo generaban lástima. A mí, por el contrario, me calentaban. Debo decir que me calientan casi todas las mujeres, pero tengo una extraña fijación con las flacas. No es para menos, pero las mujeres delgadas dan una sensación de mayor dominio en la cama, son de alguna manera más fáciles de manipular en medio del coito, sin llegar a mencionar lo ajustado de su coño, que es casi que una regla en toda chica de escazas carnes.

 

Su culito tampoco era descollante, pero no puedo minimizarlo, pues fue mucho lo que lo disfruté a lo largo de estos años. Era pequeño, pero su redondez era perfecta. No era generoso en carnes, pero era totalmente tentador con su extrema blancura.

 

Todas las carencias que tenía Majo en su cuerpo las equilibraba con su forma de follar. Era una mujer muy caliente, su apetito sexual era constante e insaciable. Además, tenía dos grandes ventajas, ante ese cuerpo que fue pocamente dotado por la naturaleza. Al ser tan delgada, la contracción de los músculos de su vagina, se sentía como una especie de abrazo estrangulador contra cualquier pene que osara explorarla, para ese entonces el mío, ¡qué fortuna! El complemento eran esos gestos de deleite enmarcados por un rostro más que hermoso; lo expresivo de sus ojos, sus labios tentadores, e incluso su voz semironca, que hacía todavía más exquisito el coito con una flaca que todos creían desgraciada.

 

Toqué el timbre de su apartamento y fue ella misma quien me atendió. Me hizo pasar, nos saludamos con un gran beso, charlamos por un rato. Para esa época Majo vivía con sus padres, su hermana menor y una de sus hermanas mayores, la otra vivía en su propio apartamento.

 

Entre todas tenían un gran parecido, menos la que no vivía allí. Esa tarde estaban en casa sus padres y su hermana menor; se alistaban para salir de viaje, Majo no iría porque implicaría invitarme, y como yo había llegado por sorpresa, quedaba en el olvido la idea de hacerlo.

 

A última hora Esperanza, la hermana menor, dijo a sus padres que se sentía mal, que tenía un fuerte dolor de estómago, por lo que prefería quedarse en casa. Por supuesto sus padres no pusieron mayor objeción y endilgaron a Majo el cuidado de su hermana menor. Sería entonces un paseo romántico para los padres de Majo, se irían solo los dos y con seguridad aprovecharían para desfogar todos sus deseos. Aún sin tenerlo muy claro, eso me generaba algo de rabia. No podía soportar el hecho de tener que enterarme que se iban a coger a María José, la madre de Majo.

 

Yo amaba a Majo, por lo que hasta ese entonces jamás la había traicionado, claro que tenía muchas fantasías con otras, entre esas su madre; anhelaba poseer esas carnes vetustas, sentir ese coño que habría peleado mil y un batallas, más teniendo en cuenta que había parido a cuatro hijas. Pero era solo eso, solo fantasías.

 

Se hizo de noche y yo aún estaba en casa de Majo, pedimos una pizza a domicilio y teníamos como plan ver alguna película, luego a dormir. Los dos sabíamos que íbamos a terminar follando, pero tendríamos que esperar un rato largo mientras Esperanza se dormía.

 

Esperanza no era una niña pequeña, tan solo era un par de años menor que Majo. No sé por qué, pero a Majo le daba pena ser descubierta por su hermana mientras tenía sexo. Me hago la pregunta es porque con Majo follábamos en casi cualquier lugar, la adrenalina de ser atrapados era una de las grandes motivaciones de Majo para calentarse. Por eso no entendía cuál era el problema de que su hermana quizás nos oyera mientras lo hacíamos. 

 

Decidimos entonces ver si estaban dando alguna película buena en la televisión, Al no encontrar nada interesante, hicimos un pago por ver. Elegimos una llamada Noche de miedo, que, por cierto, les recomiendo que no vean jamás, es de las películas patéticas y mal hechas que he visto en la vida.

 

La película era mala, Majo lo sabía, pero trataba de concentrarse en ella porque podría mejorar. Yo me concentré en pasarla bien con ella. Poco a poco fuimos pasando de unos inocentes besos a un acalorado momento en el que yo le pasaba mi lengua desde su cuello hasta el borde de sus senos. La besaba con pasión y le acariciaba desde su espalda hasta su culo. Hasta ese entonces seguíamos vestidos. 

 

Majo estaba notablemente contenida, habitualmente ya me tendría el pene afuera y estaría dando unos pequeños toques con la punta de su lengua. Pero esa noche no, insistía en que debíamos esperar y asegurarnos de que Esperanza estuviera dormida. Yo no podía esperar más, Majo me había acostumbrado a desearla y a tenerla, así que por más que ella insistió en esperar un rato, yo no quise.

 

Seguí besándola y tocándola, Majo me decía que no con sus palabras, pero sus gestos me decían que siguiera. Yo sabía que Majo estaba caliente y que tarde o temprano cedería a la presión de sus deseos.

 

Seguí besándole el cuello por un buen rato, al mismo tiempo levanté su camisa y empecé a tocar suavemente sus pequeños senos. Eran diminutos, pero como me gustaba ponerlos en mi boca. Mientras lo hacía, Majo cerraba sus ojos, dejaba caer su cabeza hacia atrás y disfrutaba del momento. Yo, siendo un adicto a su cara, buscaba mantener mi mirada en ese punto; sin embargo, por el rabillo del ojo alcancé a ver que Esperanza nos miraba desde el pasillo que conduce a las habitaciones. Estaba allí asomando nada más la mitad de la cara, viendo todo lo que hacíamos.

 

Esperanza se dio cuenta de que yo la había visto. Aun así, no le importó, siguió parada allí observando. Yo no sabía qué hacer porque apenas la vi, sentí un escalofrío que me bajaba por la espalda, podíamos estar en problemas; Esperanza nos había descubierto y quizás el recelo de Majo por ser descubierta tenía algún fundamento. Me quedé observándola entonces para ver que reacción tenía, permaneció allí, inmóvil; por ratos se dibujaba una pequeña sonrisa en su rostro mientras mantenía fija su mirada en nosotros. Alternaba su sonrisa con el gesto de apretar su labio inferior con sus dientes. Al ver que solo estaba saciando su sed de curiosidad, morbo y perversión, entendiendo que no haría nada; continué mi trabajo con Majo, claro, ocasionalmente desviaba mis ojos buscando saber que andaba haciendo la "pequeña" Esperanza. 

 

Poco a poco empecé a bajar con mi boca desde los senos de Majo hacia su abdomen y luego lentamente empecé a bajar su pantalón. Majo se estaba dejando llevar, no oponía resistencia, es más, manejaba mi cabeza con sus manos, pidiendo que no me detuviera mientras jugaba con mi lengua en su pubis.

 

Majo estaba absolutamente concentrada en disfrutar, al punto que se olvidó del carácter prohibitivo que tenía la situación. Se dejó llevar. Su respiración se agitó, pero cuando dejó escapar un par de gemidos, supo que era el momento de parar. Ahí mismo fue consciente de que su hermana podría encontrarnos.

 

Pero Majo no podía quedarse con las ganas. Ya estando tan caliente era inconcebible no terminar la noche con un buen polvo.

 

Como la situación estaba dada y solo debía asegurarse de que su hermana estuviera dormida, me detuvo y me lo dijo suavecito al oído. Iría sigilosamente, como quien hace algo prohibido, a revisar si Esperanza dormía, una vez que confirmara esto, iríamos a su habitación a terminar lo que habíamos empezado en la sala.

Majo subió su pantalón y tapó sus senos con su camisa nuevamente, se pasó la mano por la cabeza buscando peinar su pelo. Esperanza no había podido escuchar el plan de Majo porque me lo había susurrado, pero apenas la vio vestirse y arreglarse supo que tenía que huir.

 

Majo se puso de pie y sin hacer mucho ruido se acercó al cuarto de Esperanza. Allí la encontró, dormida bajo las cobijas. Majo volvió buscando guardar silencio para avisarme que teníamos vía libre para follar. Fuimos a su cuarto y cerramos la puerta buscando así guardar el mayor silencio posible.

 

Empezamos a besarnos con mucho ahínco, con cierto desespero. Nuestras manos se enredaban en nuestros cuerpos mientras nos besábamos. La dejé caer sobre la cama y empecé a besarla en su abdomen, mientras tanto fui desabrochando su pantalón. Majo se derretía de placer mientras yo volví a besarle su entrepierna.

 

Estuve jugando nuevamente un rato a pasarle mi lengua por ahí, hasta asegurarme de que Majo estuviera lo suficientemente mojada. Debo confesarles que darle sexo oral a Majo era una de mis grandes fascinaciones. Sentirla lubricar, percibir el incremento en el ardor de su coño, y especialmente saberla caliente y desatada me hacía perder la cabeza. 

 

Majo ahora, manifestaba su placer con mayor comodidad. Sus gemidos se hacían cada vez más presentes y más sonoros, claro que hasta ese momento trataba de ser prudente con el ruido.

 

Una vez que vi a Majo ahí tendida sobre la cama, poseída por la lujuria y el placer me dispuse a penetrarla. A follarla con furia, salvajemente, como merecía ser follada. Siempre eran una odisea esos primeros minutos en que la penetraba; debido a lo estrecho de su coño. Mi pene tenía que entrar lentamente, deslizarse con delicadeza en su rosada y caliente vagina. Era algo que me calentaba hasta más no poder; todo el preámbulo era como subirse a una montaña rusa y permanecer guardando la tensión hasta que el carrito llega a la cima, el momento en que la penetraba era como esa primera caída que incrementa los niveles de adrenalina hasta límites inimaginables. Hoy, mirando al pasado y recordando esos tiempos, no puedo dejar de lamentar el hecho de no poder volver a sentir ese ajustado coño.

 

Poco a poco iba aumentando el ritmo, nuestros cuerpos chocaban, nos mirábamos fijo al rostro mientras culeábamos. Disfrutaba a más no poder aquello de penetrarla con rudeza, incluso teniendo en cuenta que su extrema delgadez me hacía daño, por lo menos cuando lo hacíamos en la clásica posición del misionero, pues sus huesudas caderas chocaban contra mi pelvis, lo que al día siguiente me dejaba fuertemente adolorido, casi al punto de no poder caminar con normalidad.

 

Majo era una mujer muy caliente, gozaba con apretar mis nalgas con sus uñas mientras yo la penetraba con vehemencia. También gozaba arañando mi espalda, sabía que eso me calentaba lo suficiente como para hacerme terminar. De hecho, yo se lo decía, pero parecía no importarle. Creo que hallaba placer en hacerlo y encontrar que yo me reprimía con tal de seguir follándola.

 

Majo estaba excitada, sus vapores vaginales así me lo confirmaron, pero era claro que aún estaba lejos de encontrar el mayor estado de excitación. Me pidió que paráramos por un momento mientras pegaba un porro. Esa era una de sus mayores fascinaciones, follar mientras estaba colgada. Majo era una viciosilla en todo sentido, y eso era algo que yo disfrutaba a más no poder.

 

Nos sentamos al borde de la cama y mientras ella armaba el porro yo seguía tocándole su vagina y besándole sus senos. Era imposible detenerse si se trataba de Majo, por lo menos para mí.

 

Una vez que terminó de armarlo, me acostó sobre la cama, me montó y lo prendió. No lo fuimos rotando mientras cogíamos. El juego era sencillo, mientras ella fumaba yo utilizaba mis manos para acariciar sus caderas, su cintura, su culo, sus senitos, su espalda, su cara; y mientras yo fumaba ella clavaba fuertemente sus uñas en mi pecho o en mi espalda, eso dependiendo de qué tan sentado o recostado estuviera.

 

Majo era de esas mujeres que disfrutaba mucho el sexo de pie, ya fuera que yo la alzara y ella me rodeara con sus piernas para sostenerse, o sencillamente que los dos estuviésemos de pie, recargados o no, contra una pared. Pero esa noche no lo hicimos; cuando lo hacíamos en dicha posición, Majo se dejaba llevar, gritaba e insultaba, y ante la inminente posibilidad de ser descubiertos por su hermana, preferimos dejarlo para otro día.

 

Una vez que nos fumamos el porro, nos detuvimos, era el turno de Majo acostada boca abajo en la cama. A mi poco me gustaba follar en esta posición, ya que así difícilmente podía ver su cara, pero a ella le encantaba, y una de mis grandes obsesiones era hacer que Majo sintiera mucho placer. Me encantaba verla retorcerse de gusto, verle sus gestos de gocetas, verle esos ademanes de orgullosa pervertida.

 

Una vez que la penetré estando en esta posición, Majo empezó a soltar esos lindos, tiernos y fuertes sonidos; eran una perfecta mezcla entre placer y dolor: música para mis oídos.

 

Majo ya no se medía, parecía que ya no le importaba que su hermana estuviera en casa, se estaba dejando llevar, y yo, de solo pensarlo, me calentaba más y más. Volví a girarla, nuevamente yo estaba sobre ella, penetrándola con pasión y sin compasión. Majo me comía la boca de a ratos para evitar gemir, sin embargo, no duraba mucho haciéndolo.

 

Yo no podía resistirme más, sabía que era el momento de acabar. Rápidamente saqué mi pene y lo situé a la altura de su cara, ahí terminé. De hecho, esa era mi gran fantasía con Majo y ella era amplia conocedora de mis convicciones ideológicas, por lo que dejarle la cara chorreada y recubierta era un paso casi que obligatorio en cada una de nuestras fornicaciones. Además, debía ser así porque era prohibido terminar en su interior, más si consideramos que detestábamos usar condón.

 

Una vez que acabamos, nos dejamos caer sobre la cama, muy agitados aún continuamos besándonos y acariciándonos. Parecía que Majo quería un poco más, ella sabía que si esperaba un par de minutos podría conseguirlo, pero prefirió no hacerlo porque ya habíamos hecho mucho ruido y si Esperanza no se había dado cuenta, en una segunda oportunidad no contaríamos con la misma suerte.

 

Majo me besó largamente a modo de despedida. Me hizo vestir y me dijo que mientras ella tomaba una ducha para sacarse la calentura yo debía marcharme. La verdad que yo quería pasar toda la noche con Majo, ya fuera tirando de nuevo o sencillamente durmiendo junto a ella, pero ya había sido suficiente riesgo por esa noche y comprendía que ella no quería correr el más mínimo susto de ser sorprendida por su hermana. Para mí era claro que Esperanza sabía lo que habíamos hecho, ya nos había visto en la sala y seguramente había escuchado todo. Pensé en decirle a Majo que ya no había nada que ocultarle a su hermana, decirle que ella nos había visto en la sala, pero preferí no hacerlo para evitar una pelea.

 

Capítulo II: El chantaje de Esperanza

 
Una vez que me vestí, decidí que lo mejor era marcharme. Salí del cuarto de Majo y me quedé allí quieto por un instante. Por la cabeza me pasó el pensamiento de averiguar si Esperanza nos había escuchado o no. Luego recapacité y pensé que no tenía mayor importancia, al fin y al cabo, Majo ya me había dicho que debía marcharme...

 



viernes, 12 de febrero de 2021

La profe Luciana (Capítulo IV)

 La profe Luciana



Capítulo IV: El vicio de sentirse deseada



Ese día tuve ansiedad desde el mismo momento en que desperté, pero al llegar el anochecer, la ansiedad empezó a mutar en euforia. Con Luciana habíamos acordado encontrarnos pasada una hora de acabadas sus clases, allí, en la academia donde las daba. Pensamos que una hora sería tiempo suficiente para conseguir que todos los conocidos desaparecieran de la zona.

Llegué faltando un cuarto para la hora indicada. Me perdía pensando en la conversación que iba a darle a Luciana de camino al restaurante. No sería algo sencillo, pues no la conocía más allá de sus escritos, un poco de sus gustos literarios y sus fotografías. Pero decidí que lo más sensato era dejarme llevar, dejar que la conversación fluyera y que avanzara en el camino que tuviese que hacerlo.

Ella apareció minutos después, luciendo un largo y elegante abrigo. Subió al auto, me saludó y prendió la calefacción, venía aturdida por el frío. Encendí el coche y partí rumbo a nuestro destino.

-       ¿Fantaseaste conmigo al leer mis relatos? – preguntó ella para romper el hasta ahora reinante silencio

-       Te mentiría si te digo que no, me ha sido absolutamente inevitable.

-       ¿Y con que fantaseaste?

-       Ya vas a verlo…

-       ¿Sabes con qué fantaseo yo?

-       ¿Con qué?

-       Con ejercer un día como stripper de club de carretera, con las miradas lujuriosas de los hombres clavadas en mí. Uno que otro lanzando sus manos de forma atrevida hacia mí, para meterme un billete entre la tanga o sencillamente para manosearme. Teniendo yo toda la atención del momento, ahí expuesta, absorbida por esa sensación de tabú

-       Yo estaría en primera fila sin duda alguna. Si ves que te es posible cumplirla, avísame, quiero estar ahí

-       Ja, ja, ja, tu esposa no te dejaría ir, tienes cara de calzorras

-       Es cierto. Pero estoy dispuesto a poner de mi parte lo que haya que poner para dejar de serlo ¡Me harté!

-       ¿Hace cuánto la engañas?

-       Esta va a ser la primera vez

-       No te creo, ja, ja, ja

-       No te miento. Va a ser la primera vez. Hace tiempo dejé de quererla, pero nunca me atreví a engañarla, no por lo menos hasta que encontrara a alguien con quien realmente valiera la pena.

-       ¿Y hoy ya no te sientes culpable?

-       Para nada. Era algo que se veía venir. Y cierto grado de responsabilidad tendrá ella en que yo haya tomado esta decisión ¿Tú hace cuánto engañas a tu esposo?

-       Uh, si te contara… La nuestro fue un matrimonio obligado por mi prematuro embarazo. Prácticamente que nuestros padres decidieron por nosotros. Estaba destinado a salir mal, y salió mal. Creo que no ha habido época de nuestra relación en que no lo haya engañado. Y posiblemente él haga lo mismo, estamos juntos por nuestro hijo, y básicamente por dar la imagen de una familia feliz, que a la hora de los negocios y el relacionamiento público termina favoreciendo

 

El viaje de camino al hotel fue complejo para mí. Recuerdo ese momento en que nos detuvimos a la altura de la séptima con 116, el semáforo en rojo me permitió prestar mayor atención a su fantasía de stripper de carretera, lo que desde ese mismo instante me causó una erección que tardó un rato en desaparecer. Es más, revivió por ratos durante la cena y de camino al hotel.

El penthouse del Four Season era fascinante: espacioso, con terraza privada, chimenea, portentosos y cómodos sofás en cuero, una amplia sala de estar, una cama tendida con sábanas de algodón egipcio, entre otra serie de lujos que se correspondían con su costo.

Allí una botella de Veuve Clicquot nos esperaba. Nos sentamos frente a uno de los ventanales que fungía como muro. La panorámica del vecindario era imponente, incluso en este mugrero de ciudad, y mucho más era el morbo de saber que íbamos a culear en un último piso, viendo la vida pasar bajo nuestros pies, pudiendo ser vistos a la distancia por cualquiera con un poco de suerte y un afinado sentido de la vista.

Bebimos la botella de champán sin apuro alguno. Lo hicimos mientras charlamos de la vida, del fracaso de nuestros matrimonios, de los sueños por realizar y especialmente mientras hablamos de nuestra pasión en común: escribir.

Me sentía un poco intimidado al pensar en lo que minutos después haría con Luciana. Ella me había hecho entender que era una mujer muy activa sexualmente, y llegué a sentir algo de desconfianza al verme tan poco entrenado y tan reprimido en los últimos años.

Claro que ese nerviosismo desapareció cuando Luciana dejó su abrigo a un lado y la tentación entró por la vista; se puso de rodillas, y, todavía vistiendo sus mallas, me deleitó con un baile sensual, uno de tantos en su repertorio; a mí y a todo aquel que a la distancia pudiese ver a través de los cristales.

Dudo que desde la calle se alcanzara a apreciar mucho, difícilmente podría hacerse desde un par de casas que había en frente, y un poco más probable podía ser desde un edificio situado en diagonal. A Luciana poco le importaba eso, de hecho, diría que para ella sería mucho más excitante que alguien viera su arte sensual a través del ventanal. Sentirse deseada era algo que le hacía perder el quicio, aunque eso era algo que yo desconocía de momento.

Luciana amaba sacudir su cuerpo al sonido de cualquier ritmo. Esa noche comenzó con un tema de Shabba Ranks, del cual no sé su nombre. Su baile fue toda una inspiración. Sus movimientos eran agresivos y sus gestos retadores.

Sus nalgas fueron las grandes protagonistas de su presentación. Mientras su rostro se posaba en el piso, su culo se erigía sobre el resto de su cuerpo. Lo meneaba con unos movimientos cadenciosos, medidos en el tiempo y rematados con una fuerte sacudida de sus carnes.



Obviamente también hubo un momento destinado a ponerse en pie, dar un par de pasos hacia atrás, estrellar su culazo contra uno de los ventanales, y de nuevo menearse, aunque ahora un poco más lento, encargándose de empezar a manosear todo su cuerpo, que aún seguía cubierto por sus mallas.

Y una vez se cansó de esparcir su culo contra los cristales, se dio vuelta, dando la cara a cualquiera de los que pudiese estar de mirón desde afuera.

Su enorme trasero por fin me veía a la cara. Yo estaba algo alejado, pues entendía que Luciana necesitaba de su espacio para desplegar todo su talento. Pero más allá del distanciamiento, era todo un placer ver por fin de frente ese culo maravilloso, verlo sacudir sus carnes, e imaginar que unos minutos después eso estaría pasando, pero sobre mí, estaría zarandeándose alocadamente, al ritmo de una impetuosa cabalgata.

Estando así, de espalda a mí, y de frente a los ventanales, Luciana empezó a desnudarse, Al ritmo de la música bajó por sus brazos los tirantes de sus mallas, la parte alta de su torso quedó al descubierto, aunque de momento yo solo había visto su espalda, adornada por su colorido tatuaje del dragón.

Luciana apoyó sus pechos contra los cristales, y siguió sacudiendo sus nalgas de lado a lado por un buen rato. Yo moría de ansiedad porque se diese vuelta y por fin ver esos senos pequeños, pero aún firmes a pesar de sus 40 años; era víctima de la congoja, ansiaba ver de frente sus incitadores gestos, añoraba ser cómplice de sus pecaminoso actuar.

Claro que cuando Luciana se dio vuelta, desaparecieron los sugestivos gestos de su rostro, por lo menos por un instante. Los reemplazó por una carcajada hilarante, pues le generó gracia ver mi cara de idiota al ser víctima de su hipnótico baile.

Cambió de tema, puso uno llamado Honor al mérito de Lisérgicos. Con la parte alta de su licra colgando de su cintura, caminó por la habitación hasta tomar una silla, luego volvió a lugar donde estaba, y empezó de nuevo a bailar. Me pidió que le alcanzase la botella vacía de champán que bebimos previamente, obedecí de inmediato. Me acerqué a ella, se la di y volví a mi sitio de privilegio.

Ella dejó la botella sobre la silla, situada exactamente frente a ella, y empezó a bailar lentamente. Su lengua se hizo protagonista de esta parte del baile, pues estuvo el noventa por ciento del tiempo a la vista. Marcó el ritmo de los tan presentes ademanes de su rostro.

Sus manos también tomaron mayor protagonismo, empezó a frotarlas fugazmente sobre su pubis, y especialmente las utilizó para jugar con sus senos entre ellas. Luego, con sus pulgares, agarró sus mallas de los costados y empezó a bajarlas lentamente, hasta llegar el punto de que cayeran al suelo por accionar de la gravedad.

Su blando y lujurioso cuerpo estaba al desnudo, aunque su vagina seguía invisible para mí, pues de momento se escondía tras la botella que minutos atrás había puesto sobre la silla.


Luciana me hizo una seña con sus ojos, invitándome a acercarme y quitar la botella. Así lo hice, me acerqué, tomé la botella entre una de mis manos, y la dejé en el suelo. Luego quedé de nuevo hipnotizado con su cuerpo, guardando absoluto silencio mientras la contemplaba, expresando toda mi depravación con solo la mirada.

Ella tomó una de mis manos y la posó sobre su vulva. Su intención era clara, hacerme saber que su coñito, con el solo hecho de bailar, se había humedecido, se había sazonado. El plato fuerte estaba servido.

Capítulo V: “Hongo” out

Al verme cómodo y dichoso sintiendo su calentura a través de la yema de mis dedos, se sintió con la autoridad para lanzar una de sus manos hacia mi miembro. Lo agarró, aún cubierto por el pantalón, palpó toda la zona, y a continuación me deleitó con un profundo beso. Fue un beso realmente extenso. Nos dio tiempo para explorarnos hasta la garganta, nos permitió sentir la sonrisa que se dibujaba en el rostro del otro, al verse irrespetado por una lengua hasta ahora desconocida...



viernes, 5 de febrero de 2021

La profe Luciana (Capítulo III)

 La profe Luciana



Capítulo III: Sed de admiración



A decir verdad, hubo un contenido que llamó mi atención por encima de las demás, por lo menos en esa primera jornada de exploración de sus redes sociales. Era una foto de Luciana, una foto de cuerpo entero, en la que ella posaba de perfil. En la imagen Luciana aparecía de rodillas, con un vestido que había situado a la altura de su cintura, es decir que lo había ido remangando, de abajo y de arriba, situándolo todo en la zona de la cintura. Sus senos quedaron al descubierto, aunque en la imagen solo se ve uno de ellos, pues al estar de costado, uno se esconde tras del otro. También queda al desnudo su zona púbica, pues no se observa calzón o braga que la resguarde, aunque no se ve mayor cosa porque el ángulo que forma con sus caderas y sus piernas evita que se puede apreciar fácilmente lo que podría ser una inspiración para todo tipo de perversión.

La imagen viene acompañada de una leyenda que dice:

“Imagínalo. Ya no están juntos. La separación es inminente entre ustedes. No hay tiempo suficiente en esta dimensión para resarcir el daño, sus almas jamás volverán a fundirse en una. ¡A la mierda el mundo!

Cada quien sabe lo que es suyo, ya no hay rastros de su piel sobre la tuya. Ustedes ya no están juntos. Se siente bien de todas formas. Se siente mejor de lo que recuerdas.

Tu energía sexual es pura, la fuerza motriz de la vida que anima los espíritus. La sexualidad es el núcleo de la creatividad, tanto literal como figurativa; es la madre de nuestros hijos, es la madre de nuestras canciones. Cuando oprimes tu sexualidad, tus deseos y tu placer; cuando te sientes sucia por ello, regalas la fuente de la creación que recorre tu ser. No te reprimas nunca, y mucho menos porque tu pareja ya no es tu pareja.

Ahora eres libre para encontrar a quien realmente valore agarrarte de la cintura, que considere entregarte sus caricias sobre tu espalda, que te trate como un manjar para saborear, que te contemple como un banquete para devorar.

Deja que te escupa en la boca que ya no es solo tuya, que no te importe. Nunca se ha sentido mejor”.

Era un monólogo destinado a llenar de confianza a las mujeres inseguras con su hombre, invitándoles a vivir libremente su sexualidad, y a su vez era una interpretación de sus deseos, quizá de su sentir, por lo menos así lo interpreté.

Para alguien como yo era una motivación a creer que una mujer de mente abierta y con tales ideales de liberación, estaría quizá dispuesta a entregarse a placeres carnales con cualquiera que supiese ganarse ese honor. Había chances incluso para alguien como yo.

Solo me restaba arriesgarme, intentar algo con ella. No iba a dormir tranquilo hasta que eso se hiciera realidad, o por lo menos hasta que hubiese hecho el intento.

Le di vueltas en mi cabeza a la forma de lograr mi cometido, pero era tan carente de iniciativa que no se me ocurría una situación ideal para interactuar con ella hasta llevarla al punto donde yo quería.

Lo único que tuve en mente fue acercarme una vez más a la academia, esta vez bajo el pretexto de querer pagar la mensualidad de las clases de mi mujer. Esperaría a que terminé su clase, la buscaría en privado, y con ese pretexto buscaría flirtear con ella.  

Recuerdo a la perfección que fue un jueves en la noche. Luego de un par de semanas sin asomarme por allí, volví; de nuevo dándome el lujo de disfrutar del cierre de su lección. Otra vez situado en aquella esquina que me hacía sentir seguro, una zona en la cual dejaba de sentirme intrusivo para el grupo aprendiz de las artes de la sensualidad, la seducción y por supuesto el pole dance.

Una vez que la clase terminó, Luciana salió del recinto, y al igual que la vez anterior, emprendió su camino por el extenso pasillo. Me acerqué a Adriana, la saludé y le conté que estaba allí por el hecho de querer ponerme al día con el pago de sus clases. Ella asintió con la cabeza y siguió concentrada escarbando en su mochila.

Salí del recinto y caminé por el pasillo. Al final del mismo había una puerta blanca con una estrella dorada y el nombre de Luciana, como si de una celebridad se tratara, por lo menos así lo sentía ella.

Llamé a la puerta, que estaba entreabierta, y a continuación escuché la voz de Luciana, que me invitaba a pasar.

Le saludé, pero antes de que terminara de preguntarle cómo estaba, Luciana interrumpió preguntando:

-       ¿A qué se debe su visita?... ¿Algo especial u hoy también vino solo a importunar a las chicas?

-       ¿A importunar? ¿A qué te refieres?

-       A morbosearlas, a instigarlas con su mirada acosadora – Dijo la sensual maestra, mientras que yo era incapaz de dejar de mirarle hacia su entrepierna

-       No Luciana, eso no es así. No vengo a acechar a nadie, vengo a recoger a mi mujer y me da pereza esperarla en el auto. Entro a tus clases a ver qué es lo que les enseñas, pero no acecho a ninguna de las chicas.

-       Me resulta difícil creerle, cuando no ha parado de clavarme la mirada en mi entrepierna

-       Discúlpame, no quise ser burdo, imprudente ni atrevido. Sinceramente fue un acto relejo, fue algo que no pude controlar. Perdóname por ello. – Dije a la vez que me ruboricé

-       ¿Qué necesita?

-       Venía a pagar la mensualidad de las clases de Adriana, mi mujer…

Saqué el dinero de mi billetera, lo conté y se lo entregué. Esta vez clavé mis ojos en los suyos, y no paré de observarlos por un largo rato. Me perdí en ellos, pues verdaderamente me parecían enigmáticos. Me parecía que con su mirada podía transmitir un sinfín de sensaciones, y que muchas de ellas evocaban el cortejo. De repente se me ocurrió comentarle que la había estado leyendo, y que me había parecido extraordinaria, muy talentosa, osada, pero especialmente valiente por permitir que más mujeres tuvieran esa inspiración para la vida.

 

-       ¿Qué te gusto de lo que leíste? – Preguntó ella mostrándose auténticamente intrigada

-       Leí muchas cosas, pero lo que más me gustó fue tu definición y concepción de la sexualidad como el eje motivacional de todo ser.  Eso de que la sexualidad es el núcleo de la creatividad, tanto literal como figurativa me pareció una reflexión interesante, concienzuda y acertada.

Ella quedó impresionada al ver que mi elogio no era mentira, al notar que era real que le había leído, y que era genuina la admiración que le había expresado como escritora

-       Te agradezco el cumplido. No pensé que un hombre se tomara el trabajo de leer mis reflexiones y mis relatos

-       Pues ya vez que sí, que acá hay uno que quedó tan maravillado con tu talento que no se aguantó las ganas de venir a conocerte

-       Ah mirá. Pensé que habías venido a recoger a tu mujer

-       Bueno, al comienzo sí. Pero para mí fue todo un evento eso de que Adriana dejara de ser una reprimida y pasara a ser una chica sexualmente activa. Por eso quise venir a ver qué era lo que aquí aprendía. Ahí te conocí y confieso que he quedado embrujado con tu ser. Eres hermosa, escultural, atlética, segura de ti misma, atrevida, desafiante, talentosa, eres mágica, definitivamente, con lo poco que te conozco me atrevo a asegurar que eres una en un millón.

-       Qué amable y generoso de tu parte, aunque suena un poco zalamero ¿No tendrás una doble intención conmigo?

-       Pues realmente no sé hasta qué punto podría llegar mi admiración por ti, pero sería un completo mentiroso si niego lo mucho que me atraes. No eres solo bella, sino culta y talentosa ¿Qué más puede pedirle uno a la vida?

-       ¿Te interesa que nos tomemos un café y charlemos en estos días?

-       Absolutamente. Sería un honor para mí

-       ¿Qué te parece mañana, a las cuatro? Nos vemos aquí y vamos a un sitio muy acogedor que hay a dos calles

-       Cuenta con ello

Me despedí con un tradicional beso en la mejilla, que me permitió sentir la suavidad de su piel por primera vez en la vida. Al otro día cumplí la cita, con mucho anhelo la esperé, y con absoluta puntualidad llegué. La noche anterior había dedicado horas a seguir explorando sus redes sociales, buscando con ello darme una idea mayor de la esencia de su ser.

El encuentro fue más que fructífero, pues congeniamos en más de una ocasión, pero lo más importante es que íbamos a finalizar acordando un próximo encuentro para algo mucho más comprometedor.

-       ¿Lo has leído, has leído a Octavio Paz? – pregunté a Luciana tras el primer sorbo de café

-       Claro que lo he leído, lo amo

-       Genial. Es simplemente una mente brillante, un referente para todos aquellos que atrevidamente incursionamos en el mundo de las letras.

-       Sí, sí, aunque yo soy más del estilo de Carla Márquez ¿La conoces?

-       Obviamente. Me ruborizo y me caliento de solo acordarme de parte de su obra

-       ¿A Almudena Grandes la has leído?

-       Por supuesto. Es más, cualquier persona que no haya leído Las Edades de Lulú, no debería ser digno de saludos entre adultos

-       Jajajajaja es verdad, es verdad. Ve, me gustaría ponerte a prueba, quiero hacerte dos preguntas. La primera es ¿Cuál es tu libro favorito de literatura erótica?

-       Es difícil escoger uno como favorito, aunque hay dos que merecerían pelearse por ese primer lugar: La Rebelión de los Follamantes y Las maneras del agua

-       No puedo creer que haya alguien en el planeta que disfrute tanto la obra de Margarita Villareal como yo lo hago

-       Pues ya ves…

-       Pero tú nos has venido hasta aquí solo para hablar de literatura ¿Tienes alguna intención conmigo?

Tragué saliva, sentí que lo más prudente antes de contestar a tan frentera pregunta era aguardar un par de segundos, darle un poco de dramatismo a la respuesta. Y al final admitir lo evidente, aceptar mi deseo hacia ella.

-       La verdad sí. Me has cautivado por completo. Eres la perfección encarnada. Ojalá no te incomode mi atrevimiento, no te incordie mi admisión, pues no es mi intención ni acosarte y tampoco irrespetarte

-       Tranquilízate, no me siento irrespetada, me siento deseada… ¿Te daría cargo de consciencia engañar a tu mujer?

-       No lo sé. Posiblemente sí, pero siento que nuestra relación está agonizando, que cualquier intento por rescatarla resultará infructuoso, y no vale la pena gastar energía y tiempo en algo así. Ella hace tiempo dejó de desearme, y yo hace tiempo empecé a sentir que estaba con ella por obligación.

-       Pues fíjate. Ya somos dos las víctimas de matrimonios mal llevados. Yo estoy dispuesta a hacerte tu sueño realidad, como por probar, al fin y al cabo que yo también sé lo que es estar atrapada en un matrimonio por una u otra conveniencia. Pero no va a poder ser ahora ni aquí. Yo debo terminarme este café e ir a dar una clase.  Además, que algo si te quiero aclarar, yo estoy dispuesta a todo contigo, pero tú tendrás que hacerme sentir como la deidad que dices soy para ti. Préstame tu celular…

Lo agarró entre sus manos y llamó al suyo

-       Ahí tienes mi número, guárdalo y me escribes más tarde, con eso vamos acordando cuándo y dónde nos vemos

No supe qué decir, solo sonreí, asentí con la cabeza, me despedí de ella, y salí del lugar torpemente, chocándome con uno de los muros. Estaba pasmado con lo que acababa de suceder.

Esa misma noche le escribí. No quería ser intenso con ella, pero sabía que, si no me pronunciaba de inmediato, se me iba a pasar la oportunidad. Ella no tuvo reparo en contestar, de hecho, fue muy jovial y abierta en sus conversaciones por chat. Acordamos que nuestro encuentro sería el viernes de la siguiente semana.

Tendría entonces una semana para preparar un encuentro a la altura de la situación, que no era cualquiera; Luciana era por lejos la mujer que más fantasías me había inspirado en mi vida, incluso por encima de Adriana en nuestros 10 años de matrimonio. Era la oportunidad de mi vida, por lo menos en lo que refiere a tener un polvo para recordar a la hora de morir. Estaba seguro de que una relación con una mujer tan descocada tenía que recordarse por los siglos de los siglos.

Reservé la Suite del Penthouse en el Hotel Four Season. Literalmente pretendía que fuera un polvo con altura. 

Esa habitación tenía un costo por noche cercano a los mil dólares, que para alguien como yo no es poca cosa. Pero sinceramente lo valía. Quería darme un gusto auténtico y cumplir con lo prometido, tratarla a la altura de una deidad, y lo primero era crear un ambiente digno de ella. Antes la llevaría a cenar al Matiz, que nunca decepciona.

Esa semana no hubo actividad sexual para mí. Ni sexo con Adriana, ni masturbación. Quería conservar mi energía vital para el momento deseado.

No sabía si ella cumpliría, si solo se trataba de una broma que le estaba jugando a un hombre obseso con su ser, pero de cumplir con lo prometido, me iba a hacer el sujeto más dichoso del planeta.

Tuve también que planear con detenimiento la excusa para ausentarme de casa sin que Adriana fuese a sospechar. Claro que tampoco fui muy creativo, le dije que tendría que hacer un viaje de trabajo, pero que el sábado, pasado el mediodía, estaría de regreso. Ella no tuvo mayor recelo frente a mi explicación, sencillamente la creyó; no tenía motivo para desconfiar de un tipo que le había guardado 10 años de sagrada fidelidad. Quizá también era una situación ideal para ella, posiblemente le estaba dando vía libre para meter a su amante en casa, si es que lo tenía.

También tendría que explicarle la causa de la desaparición de tan llamativa cantidad de la cuenta bancaria. Pero eso sería algo que me daría un poco más de tiempo, pues no era un movimiento del que fuese a darse cuenta de inmediato.

Claro que cuando llegase el momento, no iba a ser una situación fácil de explicar, pues era un movimiento que implicaba la desaparición de por lo menos mil dólares, y digo por lo menos mil porque no sabía si en mi estancia en ese hotel, con la sensual Luciana, el gasto pudiese incrementarse.

Capítulo IV: El vicio de sentirse deseada

Ese día tuve ansiedad desde el mismo momento en que desperté, pero al llegar el anochecer, la ansiedad empezó a mutar en euforia. Con Luciana habíamos acordado encontrarnos pasada una hora de acabadas sus clases, allí, en la academia donde las daba. Pensamos que una hora sería tiempo suficiente para conseguir que todos los conocidos desaparecieran de la zona...



viernes, 29 de enero de 2021

La profe Luciana (Capítulo II)

 La profe Luciana


Capítulo II: La virginidad de Luciana



La primera vez que la vi fue de pasada, un día que me aventuré a recoger a Adriana. La vi solo por unos segundos, pues cuando llegué, ella estaba finalizando la clase. Abandonó el recinto en cuestión de segundos. No tuve la oportunidad de presentarme o de saludarla. Tampoco de detallarla, aunque ese primer vistazo fue más que suficiente para crear una imagen permanente de ella en mi cabeza.

Me acerqué a mi mujer, que estaba conversando con una de sus compañeras. La apuré un poco para que fuese a cambiarse. Luciana me había provocado un calentón inesperado, y yo estaba ansioso de llevarme a mi mujer a casa para desfogar.

Es más, eso derivó en una de las situaciones más morbosas que viví con Adriana, por lo menos en nuestra época de casados. Esa noche el calentón nos entró a los dos, a mí por ver a Luciana, y a Adriana por haber estado en una de sus clases. Terminamos haciéndolo en el auto, al frente del recinto donde funcionaba la academia.

Simplemente antes de encender el auto, empecé a acariciar una de sus piernas, y ella se abalanzó sobre mí para besarme y restregarse contra mi humanidad. Fue cuestión de pasarme a su lado, reclinar un poco la silla y dejarnos llevar.

Nunca pensé que Adriana y yo lo haríamos en un sitio público, y menos en uno con tanto tránsito de peatones. Pero los dos estábamos lo suficientemente cachondos como para asumir el riesgo. Poco nos importó si nos vieron. Ciertamente, fue uno de los mejores polvos que íbamos a tener en toda nuestra vida de casados.

Durante el coito tuve a Luciana como mi gran inspiración, imaginé a mi mujer con su ostentoso culo, así realmente estuviese lejos de parecerse. Le puse a Adriana el rostro de Luciana, o por lo menos el borroso recuerdo que me dejó ese primer y fugaz acercamiento. Fue el primer rastro de la obsesión que acababa de nacer en mi por esa mujer.

Era irónica la vida. Ahora que Adriana era complaciente, mi deseo no podía satisfacerse con ella. Mi nueva ambición fue Luciana.

Fue algo raro en mí, pues en los diez años que llevaba de casado siempre había visto con malos ojos el hecho de engañar a mi mujer, más todavía cuando llegaron Nachito y Lucía. Pero ahora pensaba diferente. Fue tal la perversión que me provocó Luciana, que no me bastó con follar a mi mujer imaginándola como su provocativa maestra, sino que un rato después me masturbé pensando nuevamente en ella.

Luego de los dos orgasmos a su nombre, me sentí saciado, creí haber superado el deseo que me generaba esa mujer, pero fue cuestión de horas para que apareciera nuevamente, para darme cuenta de que estaba naciendo en mí una obsesión por ella.

Al día siguiente sentí la necesidad de ir a recoger de nuevo a Adriana. Pero lo que menos me importaba era eso, lo que pretendía era echar un nuevo vistazo a su sensual maestra.

Llegué 15 minutos antes de lo que lo hice el día anterior. Buscando no incomodar a las chicas con mi presencia, decidí situarme en una esquina del recinto, tomar el celular entre mis manos y fingir procrastinar, aparentar estar allí esperando a que pase el tiempo, a que finalice por fin la lección para llevarme a mi mujer a casa.

De reojo echaba un vistazo a la clase, ojeadas fugaces que tenían como gran objetivo apreciar a Luciana en acción.  Verla allí colgando de un tubo con ese cuerpo tan tonificado y a la vez tan flexible, esa figura majestuosa encumbrada a la sensualidad, meneándose cual cabaretera; enseñándole a las esposas de un puñado de pusilánimes, como yo, a como verse provocativas y seductoras. Sus gestos eran sugestivos, eran una insinuación permanente.

A pesar de que los vistazos fueron ocasionales y disimulados, me permitieron crearme un mejor recuerdo, una imagen más clara de cómo era Luciana. Y mi obsesión fue en aumento.

La clase terminó. Luciana salió del recinto y emprendió su caminó por un largo pasillo, meneando de lado a lado ese culo generoso en carnes. Robando la atención del supuestamente distraído marido de una de las alumnas, realmente el único presente allí.

Ese día no tuve la misma suerte del anterior. No hubo polvo con Adriana, ni en el auto, ni al llegar a casa. De hecho, ella se molestó por verme allí de nuevo. Me aclaró que no le gustaba que la esperara al interior del salón, pues la hacía parecer sumisa y sometida en medio de un grupo de mujeres aparentemente liberadas.

Esta vez no me molestó, ni si quiera me importó que mi mujer se negara a follar conmigo. No me afectó esa necesidad por desfogar que tuve luego de ver a Luciana dando su clase, ni siquiera eso. Sabía que mi deseo no podía satisfacerse con Adriana, ni siquiera con esta nueva versión que era mucho más libertina.

Esa fue la noche del acecho, la noche del ‘stalkeo’. Dediqué un buen par de horas a buscar a Luciana en redes, a explorar una buena cantidad de sus publicaciones. Y me llevé una grata sorpresa. Luciana era mucho más calentorra de lo que yo pudiese haberme imaginado.

Quizá había sido tan mojigata y tan reprimida mi mujer que cuando vi a una mujer verdaderamente pervertida, quedé fascinado, o más bien encantado, embrujado.

Encontrar sus redes fue un picante condimento al cóctel de obsesión que crecía en mi interior por ella. No solo me encontré con una inmensa colección de imágenes de mucha piel y mucha carne, llenas de provocación en cada pose y en cada gesto; me encontré también con cientos de historias y pensamientos sugestivos.

“Perdí la virginidad con un chico de mi barrio. Teníamos más o menos la misma edad. Era un chico creyente, muy devoto, muy tierno y muy ingenuo. Como yo, era físicamente precoz: un niño empuñando el cuerpo de un adulto. No estábamos preparados para nosotros mismos, mucho menos el uno para el otro. Sin embargo, me di cuenta de la forma cómo me observó. Sentí que sus ojos viajaban a través de mi cuerpo, que recorrían descaradamente mis carnes y mi piel. ¡Eso era poder! Me propuse abusar de ello.

Cada paseo en autobús hacia y desde la escuela, cruzaba mis piernas, de lado a lado y con descaro, hipnotizándolo con un hechizo que no entendía, incitando en él un anhelo que no podía nombrar.

Él me besó en la parada del autobús, dejando migajas de pastel en mi barbilla. Era amor.

No recuerdo el dolor de esto, mi primera penetración, una falta de sufrimiento por la que me he sentido culpable por siempre. Lo que si recuerdo es el cielo azul y claro sobre mí, el zumbido de un mosquito en mi oído, y el bosque y la tierra abrazándonos.

Mi cabello se quedó atrapado debajo de su mano. Él empujó una, dos, tres y cuatro, y luego se dejó caer sobre mí, para finalmente apropiarse de mi cosmos. Me desconcertaba el hecho de pensar cuántos segundos de penetración se necesitaban como para considerarse sexo.

Escuché un hipo. Un llorón. Llorando dijo haber traicionado la promesa hecha al padre celestial.

¿No tiene acaso una chica el derecho a que se la jueguen por ella? ¿Soporté no ganar nada del baile de nuestras almas sobre la tierra en ese bosque seco?

En vez de eso fui lo suficientemente potente como para ofender tanto al hombre como a Dios. ¡Sube a tu bici y vete!”, dice la leyenda de una de las fotos en las que Luciana luce joven, ríe provocativamente y muestra las tetas en una de sus redes sociales.

Esta fue solo una de las joyas en un perfil lleno de insinuaciones y guarradas. Una de ellas, por ejemplo, era un tutorial para tomar fotos a un culo voluminoso, obviamente protagonizado por la sensual Luciana, o sus entusiastas lecciones de pole dance en video, acompañadas de leyendas como “Otra cosa que me convirtió en belleza, el pole dance”. Y ni hablar de su relato lésbico con ‘Pati’, que merecería una mención aparte.

Capítulo III: Sed de admiración


A decir verdad, hubo un contenido que llamó mi atención por encima de las demás, por lo menos en esa primera jornada de exploración de sus redes sociales. Era una foto de Luciana, una foto de cuerpo entero, en la que ella posaba de perfil. En la imagen Luciana aparecía de rodillas, con un vestido que había situado a la altura de su cintura, es decir que lo había ido remangando, de abajo y de arriba, situándolo todo en la zona de la cintura. Sus senos quedaron al descubierto, aunque en la imagen solo se ve uno de ellos, pues al estar de costado, uno se esconde tras del otro. También queda al desnudo su zona púbica, pues no se observa calzón o braga que la resguarde, aunque no se ve mayor cosa porque el ángulo que forma con sus caderas y sus piernas evita que se puede apreciar fácilmente lo que podría ser una inspiración para todo tipo de perversión...



La Profe Luciana (Capítulo XXI)

 La Profe Luciana Capítulo XXI: Un baile de Luciana Era inevitable e irreparable. Esa sensación de oquedad, de orfandad, esa congoja que me ...